La calle del aire

Marguerite Duras, en una de sus novelas autobiográficas, o tal vez fuera en un artículo, se quejaba de la falta de higiene de los franceses, y comparaba el pavor galo ante el agua con la presencia cotidiana del líquido elemento en la Indochina de su infancia. No sólo sus hermanos, su madre y ella se bañaban en abundancia, sino que la tierra se inundaba a menudo por las lluvias del monzón. Además, una vez al año la casa de la familia Duras se limpiaba a cubetazos, y el suelo se convertía en una pista para bailar con cepillos atados a los pies. Esta última escena ya no es durasiana. Se la debo a otro gran personaje libre, esta vez de ficción, Pippi Lamstrung, que patinaba sobre el detergente ante la mirada diminuta, quieta, rumorosa, del señor Nilsson. Pippi y Duras, dos seres que parecían caminar por encima del suelo. Duras afirmaba  que el día en que la casa se lavaba como si fuera un cuerpo más, su madre, habitualmente enloquecida y funesta, se reía. El hermano mayor dejaba de ser una amenaza. El hermano pequeño se deshacía del miedo. La niña Duras no tenía que preocuparse de proteger a nadie. La casa se purificaba, sus habitantes se investían de limpieza, el mundo quedaba listo para ser habitado con alegría.

Los elementos se convocan de una forma parecida a como los opuestos se reflejan. El día no puede deshacerse de la noche, y así. La inercia procede por negación, y trae ventura: el agua no es el aire ni la tierra, pero qué gusto conjugar. Se ahogaría el planeta sin diques en forma de continentes, se ahogarían nuestros pulmones sin aire, y de nada les servirían las branquias a los peces. Las fotografías de Cristina García Rodero reflejan nuestra urgencia de acariciar elementos, de resolvernos en lo básico, de ser felices (esa palabra maldita) a través de una libertad sencilla, del vuelo cotidiano. Y qué difícil es algunas veces escapar. El miedo nos cerca, permanecemos atados a las noticias, sabemos que no son tiempos de bonanza. Sin embargo, esa alegría llana, al alcance de cualquiera, actúa en nosotros como un derecho básico de la sangre, derecho del que se han apropiado los anuncios de compresas para comerciar con nuestra necesidad de abluciones espirituales. Pero recordemos siempre que nosotros somos antes que el anuncio, y que la tierra y su región más transparente acatan su propia presencia con pasividad milenaria. Mientras, los anuncios se agitan, nos agotan temporada tras temporada. Vámonos a lo que permanece, a lo que da plenitud.

También es posible la ingravidez sin necesidad de abandonar los asfaltos, sí,  pero entonces otro tipo de vestimenta es requerida. Sale al escenario nuestro yo danzante, ataviado con un maillot, un tutú, tal vez una sábana cubriendo la densidad nimia de la desnudez. La creatividad se nutre de fantasmas, y en el camerino hay una maleta negra con nuestros trajes de siempre, que esperan a que descendamos de una felicidad tibia. Aquí tenemos que darle las gracias a nuestra bendita capacidad para el esfuerzo. Y es que en un séptimo piso, frente a un decorado de antenas y esmog, hay que echarle imaginación. La procesión va por dentro; hay que invocar seres alados, aéreos,  y también ejecutar danzas. Lo más difícil del yoga es savasana,  la postura del muerto, que paradójicamente es la que permite que el cuerpo aproveche los beneficios de la disciplina.  Doy fe: relajarse hasta desfallecer es para nuestra cabeza occidental, que asocia la vida al ruido, al tumulto, al desvarío de pensamientos y a la obsesión, una aporía. Pero si se alcanza esa muerte de mentirijilla, se sale de la clase mejor, con la punta de la lengua llena de unas palabras que la autoayuda ha vuelto mustias y mentirosas. Callémonos entonces, o recurramos a alguna de las imágenes de García Rodero, donde los cuerpos se han vuelto etéreos, se han desligado de todo lo que impide elevarse, y se funden en un paisaje que permite la altura. Un paisaje sin declives.

Exagero porque vivo en Madrid, y en las calles sólo se adivinan toneladas de cemento. Si viviera en, por ejemplo, Sevilla, podría llegarme a la calle del Agua y caminar pegada a la muralla durante la noche, o muy temprano en la mañana; caminar despacio junto a la piedra, escuchando rumores antiguos, humores del cuerpo urbano, tal vez esa canción que cantaban los Pata Negra, y que dice: “Esta es la calle del aire/la calle del remolino, / donde se remolinean / tu corazón con el mío”. También dice la canción: “Yo no entiendo de colores / que es el viento el que me lleva”.

Vuelvo a Duras, quien en Esto es todo afirma: “Estoy en contacto conmigo misma /en una libertad que coincide /conmigo”. Y también: “Me reúno con masas de piedras cuando escribo”. Y más aún: “Todo es vanidad y persecución del viento”. Recuerdo un viaje con mis padres no sé adónde, porque yo era muy pequeña, en el que tuvimos que subir con el coche una montaña interminable. Cuando llegamos a la cima me impresionó aquel aire detenido y  la luz caliza, aire y luz que disolvían el paraje en la nada, en la pura y simple desaparición, que es nuestra ley más sagrada.

Este texto apareció en el número correspondiente al mes de diciembre del año 2012 de la revista Marie Claire acompañando a unas fotografías de Cristina García Rodero.

Ese idioma raro y poderoso, Iban Zaldua

La Transición española, proceso de reconciliación nacional y democratización que suscita tantas críticas como alabanzas, trajo consigo a decir de algunos la desactivación de la cultura (hablo de “cultura” en minúscula; ya sabemos que todo lo que no es naturaleza es cultura, incluido el propio concepto de naturaleza). En palabras de Guillem Martínez, quien traza el marco conceptual de la CT o Cultura de la Transición en el libro homónimo: “En un proceso de democratización inestable, en el que al parecer primó como valor la estabilidad por encima de la democratización, las izquierdas aportaron su cuota de estabilidad: la desactivación de la cultura. Con esa desactivación, la cultura, ese campo de batalla, pasó a ser un jardín”. Como toda generalización, esta es matizable, e incluso muy discutible en según qué casos, pero no es el objetivo del presente texto entrar ahora en ello. Si comienzo esta reseña mentando a la CT es porque el ensayo de Iban Zaldua Ese idioma raro y poderoso podría analizarse como la cara B de lo que entraña dicha denominación. Es decir: se trata de un panfleto sobre lo que conlleva la, permítanme el juego, Cultura de la No Transición, cuyas siglas serían, por cierto, CNT. Mientras en el resto de España se desactivaba la problematización y la confrontación, en el País Vasco, y por los acontecimientos que todos conocemos, ese proceso no tuvo lugar, o no del todo, lo que en términos culturales ha supuesto un obligatorio posicionamiento político de los escritores. No en vano, el subtítulo del ensayo de Zaldua es Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar.

¿Cuáles son las once decisiones cruciales? Capítulo 1: escoger entre el euskera y el castellano. Capítulo 2: escoger si su literatura va a ser quejumbrosa o no. Capítulo 3: escoger si va a ser nacionalista o antinacionalista. Capítulo 4: escoger si va a mostrarse como un escritor comprometido o no comprometido. Capítulo 5: escoger si va a escribir sobre el conflicto vasco, o no. Capítulo 6: escoger si el conflicto vasco debe ser una de sus señas de identidad. Capítulo 7: escoger si ha de pasar por la traducción al castellano como táctica de asalto al mercado global de las letras. Capítulo 8: en el caso de que el escritor vasco opte por escribir en castellano, ¿debe quejarse porque la lengua más “nacional” del País Vasco sea el euskera? Capítulo 9: escoger entre apoyarse en su tradición literaria, es decir, en la tradición literaria del euskera, o en tradiciones foráneas. Capítulo 10: escoger entre ser irónico, o no serlo en absoluto. Y capítulo 11: escoger entre mostrarse exótico o universal.

Algunas de estas preguntas pueden subsumirse entre ellas, y hay otras comunes a cualquier lengua que no sea el inglés, como la de mostrarse exótico o universal (recordemos que lo “universal” y lo “exótico” lo decide el mundo anglosajón). También es un conflicto común el de afiliarse o no a otras tradiciones, tradiciones que además son las que nos colonizan, porque del resto apenas tenemos noticia. Asimismo, optar por el pesimismo u el optimismo parece un asunto bastante occidental, donde el dogma literario de mostrarse pesimista hasta la estupidez (ya saben, con la felicidad no pueden hacerse buenas novelas) choca con el dogma empresarial y de la autoayuda de ser optimista también hasta la estupidez. En otras preguntas no entro porque me lo impide no ser vasca. Las que más me han estimulado son aquellas que me han permitido pensar lo que reina en la literatura española. Lo primero que se me ha pasado por la cabeza es que una propuesta  semejante a la de Zaldua en tierras literarias patrias podría subtitularse (exagerando un poco, claro está) Algunas decisiones cruciales sobre las que un escritor español (o en lengua española de España) no debe pronunciarse jamás, o mejor aún, Algunas decisiones cruciales que ya se tomaron en su momento y que un escritor español (o en lengua española de España) no debe replantearse jamás. Esto si nos tomamos al pie de la letra algunas de las críticas que esgrime parte de la izquierda intelectual española, y también los anti CT, si es que no son lo mismo. Hace ya años que la izquierda que no forma parte de cierto establishment denuncia la invisibilidad de la ideología dominante y el uso de la relativista ironía. De ambas cuestiones se hace cargo Zaldua por motivos contrarios (la obligatoriedad de mostrar la posición política y la prohibición de la ironía en la literatura vasca). Desde luego, y vuelvo a lo que ocurre en la literatura española, no cabe sino asentir ante la evidencia de que lo político ha sido expulsado de un campo literario supuestamente apolítico. Todos hemos asistido a cómo una ficción es excluida de la alta cultura cuando pone el dedo en la llaga de la ideología (lo que, por cierto, no ocurre si la ficción la firma un escritor extranjero). Basta comprobar a este respecto el recibimiento por parte de algunos medios de las últimas novelas de Belén Gopegui, quien obtuvo buenas críticas con libros muy políticos como Lo real en los diarios nacionales cuando todavía no se había señalado –o la habían señalado- tanto. Estos mismos diarios, cuando abordaron Acceso no autorizado, de calidad muy similar, dijeron que la prosa se resentía al estar la autora más preocupada del mensaje político que del literario. En estas circunstancias se tiende a pensar que lo contrario, el obligado posicionamiento tanto del crítico como del escritor, puede mejorar las cosas. Iban Zaldua, sin embargo, nos hace plantearnos las supuestas virtudes derivadas de ser un buen soldado de uno u otro bando, y no con los rancios argumentos de que el arte está al margen de la política por carecer de ideología. Zaldua vendría a decir que, desde luego, mostrarse (o no autoengañarse) es menos hipócrita, pero ello no implica necesariamente una mayor inteligencia, pues las posiciones tienen ya sus discursos, y dejarse atrapar por ellos invalida el aporte del escritor. La literatura no tiene ningún sentido si no sirve al matiz, y añado yo, si gracias a ese matiz las dos partes no dialogan hasta alcanzar otra cosa. No hay nada más aburrido que una novela, o un cuento, donde la razón está siempre de un lado que define a la supuesta sinrazón desde una pobre y tópica caricatura. Por tanto: la literatura es política, sí, pero esa política la genera el propio texto si cumple con su deber de huir del tópico.

La segunda pregunta que dialoga de manera directa con otro de los asuntos problemáticos en la literatura española,  la de si un escritor debe ser irónico o no serlo en absoluto, encuentra también en Ese idioma raro y poderoso una respuesta inteligente frente a los habituales argumentos en contra o a favor de esta forma de decir equívoca. Ni en contra ni a favor, afirma Zaldua, pues si instalarse permanentemente en la ironía invalida cualquier mensaje, no hacer uso de ella convierte en ridícula y poco efectiva cierta seriedad de la que no nos podemos fiar a no ser que incluya la posibilidad de la autocrítica.

Recomiendo pues la lectura de este ensayo que viene a mostrarnos cómo, si no asumimos nuestras sombras, no haremos más que pendular inútilmente.

Texto leído en la librería Rafael Alberti con motivo de la presentación del libro reseñado. Noviembre de 2012.

Madrid, con perdón

Acaba de ver la luz la antología Madrid, con perdón (editorial Caballo de Troya), coordinada por Mercedes Cebrián y en la que la propia Mercedes Cebrián, Fernando San Basilio, Esther García Llovet, Carlos Pardo, Juan Sebastián Cárdenas, Jimina Sabadú, Antonio J. Rodríguez, Óscar Esquivias, Natalia Carrero, Grace Morales, Álvaro Colomer, Jordi Costa, Iosi Havilio, Roberto Enríquez y una servidora damos nuestra visión sobre algunos barrios de Madrid. El libro recoge relatos de ficción y de no ficción. La contracubierta explica que:

“Este libro responde a la necesidad, urgente, de elaborar una cartografía literaria sobre el Madrid contemporáneo. Su propuesta es abarcar la ciudad en quince textos; es decir, mirarla y escucharla con suma atención, pero también con osadía”.

El pasado miércoles 28 de noviembre el libro se presentó por segunda vez en el fórum del Fnac de Castellana. A tal fin se proyectaron algunas fotografías de Madrid tomadas por los alumnos de la escuela de fotografía BlankPaper David Hornillos, José Deconde, Antonio Xoubanova y Nacho Navas, y se organizó una charla entre el editor Constantino Bértolo, la coordinadora de BlankPaper Escuela de Fotografía Miren Pastor y algunos de los participantes en la antología: Mercedes Cebrián, Grace Morales, Juan Sebastián Cárdenas y Carlos Pardo. Se dijeron muchas y muy interesantes cosas. Reproduzco en este blog algunos de los temas que se trataron, una reproducción deficiente porque no pude apuntarlo todo, y lo que apunté tampoco es exacto. Pido disculpas por las imprecisiones, omisiones y malentendidos. Intercalo entre las intervenciones algunas de las imágenes que se proyectaron. Ahí van:

Constantino Bértolo: En toda antología el criterio es tan riguroso como caprichoso. El criterio de quien escoge a los autores es subjetivo; sin embargo, soy de los que opinan que la subjetividad no existe o, mejor dicho, que se acaba convirtiendo en la mejor muestra de objetividad. De la misma manera que las palabras escritas ocultan otras, sería interesante preguntarse a través de estas imágenes qué es lo que la fotografía oculta en lo que muestra.

Mercedes Cebrián: Desde luego la idea de esta antología era ofrecer una mirada sobre Madrid que no fuera la de las guías turísticas o El Viajero. No repetir lo que siempre se ve.

Carlos Pardo: La selección de las palabras es personal. La subjetividad es una experiencia de un contexto. Yo he escrito sobre La Moraleja, pero no con el ánimo de saber qué es La Moraleja, sino de dar una experiencia sensorial y subjetiva. Normalmente la fotografía, la prensa o los documentales ocultan todo lo que no está ordenado. Las fotos cansan. Estamos hartos de imágenes. Estamos hartos de relatos. Es necesario mostrar cuánto hay de mentira en ese acercamiento a la realidad.
Juan Sebastián Cárdenas: Yo soy el tipo que viene del país que habitualmente es objeto etnográfico, y que se convierte aquí en etnógrafo. En mi texto hay una voluntad de construcción de un punto de vista que descree del discurso etnográfico. El discurso prefabricado, que ya tiene la herramienta lingüística para acercarse a las realidades, lo vemos en El País Semanal. Normalmente en este discurso prefabricado nos encontramos con la pornomiseria y la explotación de lo real. Es un discurso que no muestra, sino que oculta.
Grace Morales: Este tema del ocultamiento y desocultamiento se refleja en mi texto, que trata sobre Carabanchel. Cuando Mercedes me invitó a participar en la antología, me dijo que había otra autora interesada en escribir sobre este barrio, y me planteé escribir sobre otro. Sin embargo, me di cuenta de que no me veía capacitada para cambiar el sitio por una razón sentimental. Mi padre ha muerto recientemente, y quería hacerle un homenaje. Mis lectores saben que vivo en Carabanchel, barrio sobre el que ya he escrito, y me tentaba deshacer la visión a la que les tengo acostumbrados. Por otra parte, Carabanchel genera etiquetas, y también me propuse salirme de ellas.

 Constantino Bértolo: ¿Qué es lo que la fotografía aporta y cuáles son sus límites? Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras, pero yo no lo tengo tan claro. Por otro lado, las fotos de la Casa de Campo parecen encerrar la historia de un crimen.
Miren Pastor: La fotografía crea una realidad paralela. No se limita a reproducir lo que el fotógrafo ve.

Constantino Bértolo: Mercedes, me gustaría preguntarte cuál es el centro de gravedad de Madrid, y si crees que es una ciudad en blanco y negro o en color. En tu texto mencionas una película en blanco y negro: Nueve cartas a Berta.
Mercedes Cebrián: Bueno, el blanco y negro de Madrid es en verdad color ladrillo, cosa metálica, aluminio, máquinas de aire acondicionado. Ese es nuestro paisaje habitual, y hemos generado un mecanismo de defensa para no verlo. En mi opinión, Madrid es como una ciudad medieval: el centro es reducido, la gente transita siempre por las mismas calles (un ejemplo de esto es Preciados), y todo lo que queda fuera de esa órbita es desconocido. En Madrid hay una gran cantidad de monumentos y de lugares no visitados por este motivo. Y algunos barrios que no están lejos del centro, como el de Moncloa-Argüelles, pueden pensarse como una pequeña periferia, porque colindan con carreteras.

Constantino Bértolo: Los textos no sólo generan preguntas, sino que también dan respuestas. Carlos, tu texto sobre La Moraleja da respuestas. La Moraleja es un campo de concentración de ricos.Tú conseguiste evadirte.

Carlos Pardo: Es un campo de concentración de ricos, pero también es un campo de juegos: el del colegio. Yo narro un origen, planteo la búsqueda de una identidad infantil, y este origen es a la vez un campo de juegos y un campo de concentración. La Moraleja te expulsa, porque también es un estatus. Los jardines aseguran la lejanía del vecino. Para contar este origen encontré un texto del año 73 sobre el suburbanismo en el que se refería lo que iba a ser La Moraleja. Era un texto terrorífico, que explicaba el campo de concentración, cuyo espacio público es el centro comercial, la iglesia y el campo de golf. En La Moraleja viven sobre todo políticos del PSOE y del PP, deportistas y cantantes. La oligarquía española. En cuanto al tema que planteabas antes del color, yo diría que cuando vives en Madrid te haces experto en la gama de grises.

Constantino Bértolo: Juan, tu texto se sitúa en Vallecas. ¿Por qué centras una parte del texto en retratar a un inmigrante en un barrio que concentra la mitología de la izquierda española? ¿Estás respondiendo a la historia tópica sobre Vallecas? Tu narración no refleja esa parte de Vallecas que cuenta el pasado (calle Rafael Alberti, calle del Payaso Fofó). No está ese espacio de legitimación obrera.

Juan Sebastián Cárdenas: Sí, quería ofrecer otra estampa que no fuera la típica fotografía épica de Vallecas. Pretendía generar un contraste y un choque con eso, y mostrar cómo frente a ese imaginario (que valoro, comparto y reivindico) hay otros imaginarios que se están colando allí. En mi texto sale un trabajador que tiene un valor alegórico, y un paisaje que se carga significativamente de un enigma banal, de algo que vibra fuera y que uno no sabe qué es. Están asimismo los elementos arquitectónicos homogeneizantes de la socialdemocracia española ochentera, a los que añado las reformas de los portales de inspiración funeraria (mármol, hierro), una inspiración que recuerda al Valle de los Caídos.

Mercedes Cebrián: Se podría hacer un libro sobre los materiales que abundan en Madrid: ladrillo, granito, aluminio, PVC…  En esta antología aparecen muchos de esos materiales. No es un libro de personajes sino más bien de materiales.

Constantino Bértolo: Los que carecemos de lenguaje fotográfico nos preguntamos cuál es la sintaxis del reportaje. Cómo se construye el reportaje.

Miren Pastor: Se tiene siempre en cuenta cómo vas a editar las fotografías.

Constantino Bértolo: La voz postmoderna tiene mala conciencia y se ve obligada a justificarse con narradores escépticos y a través de la ironía. En la actualidad es raro que un narrador esgrima una voz que sea propositiva. Abundan las voces que se disculpan por escribir de una u otra manera, o que sólo  aspiran a gustar. Por otra parte, la voz narrativa postmoderna está ahora en quiebra, la cultura pop está en quiebra, porque la crisis no permite ironizar. También me pregunto por qué tenéis tanto miedo de ser acusados de costumbristas. La única voz de todos los textos recogidos en la antología que no ironiza, que está enfadada y cuenta con rabia, es la de Grace Morales. Grace narra la historia de un barrio usurpado. ¿Eras consciente mientras escribías de que esa voz narrativa no es actual?

Grace Morales: Pues tal vez es que lo he hecho muy mal, pero yo estaba segura de haber metido humor en el texto. Quizá lo haya hecho en menor medida por lo que ya he explicado antes: quería hacerle un homenaje a mi padre. Es posible que me haya puesto más seria.

Carlos Pardo: A mí el costumbrismo me gusta, porque se decanta por el contexto. Es la manera más eficaz de hacer algo crítico. En determinadas sociedades, el idealismo y el realismo se han convertido en dos clichés que no denotan nada. En cuanto al tema de la voz y de la ironía postmoderna, diré que a mí me parece necesario escribir con sospecha hacia la propia voz. En cuanto el caos está ordenado empiezo a sospechar, y eso también es político. Además, este problema no es sólo postmoderno, o dicho de otro modo: tengamos en cuenta que escribir como en el siglo XIX es postmoderno. El problema de lo chistoso viene de la Modernidad.

Juan Sebastián Cárdenas: En mi texto hay referencias al costumbrismo y a la sociología: “Detesto releer textos viejos y descubrir que he estado haciendo sociología o costumbrismo. La literatura de estos tiempos a menudo incurre en ambas cosas. Quizá sea culpa de la famosa y nunca superada crisis del realismo, eso que empezó como una crítica de cierta ideología de la representación y acabó en una cancelación general y dogmática de los poderes miméticos  en el arte, de su capacidad de tocar las cosas y dejarse tocar por ellas; echamos al niño con el agua de lavar. Tal vez la sociología y el costumbrismo -representados en géneros tan populares últimamente como la crónica o la novela social en clave de autoficción o thriller político-, sean algunos de esos escasos discursos bien codificados, socialmente aceptados, que le quedan al escritor para simular o gesticular un contacto con lo real que nunca tiene lugar, en otras palabras, para parecer objetivo sin objetar nada”. Tras decir esto, mi texto sigue haciendo costumbrismo o sociología. Me gustaría hacer una distinción entre costumbrismo voluntario, que asume que no puedes renunciar a lo construido previamente, y costumbrismo involuntario. Los problemas que planteas vienen del Siglo de Oro, son problemas que ya tenía Cervantes, y tienen que ver con la relación venenosa que genera siempre la ironía, que se utiliza para establecer jerarquías. Hay no obstante  una ironía que renuncia a jerarquizar, que se plantea cómo se ha creado el arquetipo, que señala la contradicción del texto. Creo que ese es el lugar de lo político.
Carlos Pardo: Hay una voz débil de la que se ha abusado, y existe ahora la necesidad de crear una voz poderosa.
Juan Sebastián Cárdenas: Hay una nostalgia de la autenticidad en tiempos de voces débiles, irónicas, y esa nostalgia genera, como fenómeno compensatorio, algo que no es positivo: la voz dictatorial, de la que son ejemplo algunos blogs de “nueva” crítica donde la pretensión es decir la “verdad”.
Carlos Pardo: En los textos de la antología hay algo distinto respecto al gusto literario evidente: una tendencia a la autoficción, una búsqueda de esos espacios de veracidad.

(Siento la mala edición; WordPress es ingobernable.)

Monográfico de Quimera

“¿Por qué tiene uno que afiliarse a una tradición u otra? Lo que me preocupa más es que la tradición española esté oculta, que parezca que no existe. No me imagino a los franceses no reeditando a autores de la calidad de Rosa Chacel, pero aquí no los reeditamos porque, aparte de que no es este un país lector que asegure cierto rendimiento a los libros, hay una absoluta inconsciencia sobre lo valioso que tenemos. Y es que no se trata de salvar la tradición a toda costa, sino sencillamente de poder conocernos y apuntalar lo bueno. Hay los suficientes escritores meritorios cuya relectura nos enriquecería y nos daría una mirada más amplia. Tengo la impresión de que los autores españoles somos los únicos que, cuando nos preguntan, soltamos una retahíla de autores extranjeros para dar cuenta de nuestras influencias. Me temo que eso no es sintomático de que no haya habido grandes autores españoles en los últimos siglos, ni de que ya no tengamos nada que ver con ellos. Sí me parece sintomático, en cambio, de no haber superado la imagen de país cateto franquista. Nos jactamos de leer a Carver, que retrata personajes de la Norteamérica profunda, pero nos avergüenza mencionar a Miguel Delibes. La Norteamérica cutre es first class y la España rural second class. Yo ahí no veo ningún criterio literario, sino prejuicios de clase cultural. Un argentino, un uruguayo o un peruano no tienen esa vergüenza de decir que han bebido de tradiciones propias, y además han sabido mezclarlas sin complejos con lo que venía de fuera. Tal vez la falta de relevancia de la literatura española a nivel internacional esté relacionada con la falta de relevancia que nosotros le damos a nuestra tradición. Es decir, a nosotros, porque nosotros somos los que hemos recogido el testigo”.

En su número de octubre, la revista Quimera recoge una conversación mantenida entre Pilar Adón, Álvaro ColomerMario Cuenca Sandoval, Alberto Olmos  y una servidora sobre la literatura española actual y sus alrededores. La cita copiada aquí es mía.

Nadar en agua helada, Recaredo Veredas

Vaya por delante que no soy poeta, y que rara vez leo crítica a poemarios o artículos de corte académico en los que arañar ese vocabulario técnico que da apariencia de saber, y que a veces también lo contiene. Sí leo poesía, aunque de una forma caprichosa. La poesía es una religión a la que constantemente me asomo pero a la que nunca me convierto. Es por ello que lo que pueda decir sobre Nadar en agua helada, primer poemario de Recaredo Veredas, han de ponerlo en el lugar que consideren oportuno. Tal vez ese lugar sea la papelera de reciclaje. Piensen no obstante que ignorar algunas cosas, como por ejemplo cuál es el marco estético o el canon de la temporada, tiene sus ventajas: quien desde esa ignorancia escribe no ha de sumar puntos para entrar o seguir perteneciendo a ninguna escuela o grupúsculo cuyos miembros vigilan con fervor poco poético cada palabra, filia o fobia del resto. Como no son míos esos lastres, por lo menos pueden ustedes fiarse de la relativa libertad con la que escribo esta reseña, y digo relativa porque Recaredo Veredas es amigo mío.

Veredas es un notable cuentista y un genial microrrelatista, lo que quiere decir que está especialmente dotado para el fogonazo y la sugerencia. Ello implica jugar con la elipsis sin renunciar a la precisión. Menciono estas aptitudes de Veredas porque Nadar en agua helada, conjunto de poemas en prosa que se leen, o que yo he leído, con gusto y admiración, y también como si cada poema fuera un cuarto vacío con vistas que le agradarían a un gótico, conserva estas actitudes trasladándolas al territorio poético. No nos movemos aquí en la concreción de las microhistorias a las que Veredas nos tiene acostumbrados, sino, y no podía ser de otra manera tratándose de poesía, en un territorio abstracto donde lo que prima es la descripción evocadora y la inmersión en la conciencia de la paradoja. Parece que Veredas quiera señalarnos que no hay otro punto de partida más que aquel que lleva a desmentir una y otra vez cualquier interpretación previsible y unilateral, y es significativo a este respecto que el libro se abra con las siguientes palabras: “Mientras los ojos descansan, escondidos bajo curvas de hueso, los sueños abren las compuertas y pasean libres por los corredores vacíos. Los primeros chillan, golpean las paredes con zapatos sucios, escribiendo en el despertar los indicios del miedo. Los últimos dejan marcas débiles, risas y amenazas que apenas vencen la condición de los muros”. La vigilia y el sueño, así como la inversión de su significación tradicional (inversión que no pretende reivindicar una interpretación más “verdadera” de estos estados, sino señalar que cualquier límite es agua que se evapora cuando menos lo esperas), sirven para mostrar lo endeble que es la construcción de lo real y de la subjetividad, instancias que no establecen fronteras en este libro (así, se habla de lo propio apelando al espacio público por antonomasia y a su representación, a saber: la ciudad y sus mapas). También hay aquí un hielo que a pesar del calor nunca se deshace, ratas que adquieren alturas humanas, peces a veces dorados y otras podridos, fábricas, mendigos y ciegos y mendigos ciegos, y una advertencia: si el mundo es borroso hay que tener cuidado con las instancias levantadas para dar una luz, pues tal vez dichas instancias nos hacen olvidarnos de la sombra. Una luz olvidada de la sombra no es más que perversión, y a veces la literatura se convierte en eso: “Nunca distinguimos el rostro de los adversarios. Sabemos que embozan sus mejillas con telas negras y elaboran estrategias incruentas, modificadas por el hastío. Los diarios explican la extrañeza de su dieta y los principios de su lenguaje. Recitan salmodias vertebradas en una sola palabra, repetida hasta la consumación de los signos. No han vencido pero marcarán el trazo de las nuevas avenidas”.

Lean Nadar en agua helada. Yo no sé dónde colocarlo porque, como he dicho más arriba, me declaro incompetente para sentar cátedras poéticas. Lo único que puedo decir con certeza es que me ha gustado mucho, y que es un libro a cuyos cuartos volveré para observar esas vistas un poco góticas y fundamentalmente esclarecedoras de esa forma torcida en la que la poesía nos cuenta, o eso creo.

Presentación-reseña leída en Tipos Infames. Junio de 2012.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Jeanette Winterson

Uno de los aforismos más inquietantes de Heráclito es el de que “El carácter es para el hombre su demonio”, afirmación asimilable a esta otra, algo más tranquilizadora, de que “El destino es el carácter”, que nos permite a los lectores educados en la tradición judeocristiana eludir la connotación demoníaca con la que, sin los conocimientos filosóficos pertinentes, se lee la sentencia de El Oscuro de Éfeso. Sin embargo,  la palabra griega daimon no recogía historias de ángeles caídos y dedicados a sembrar el mal en la Tierra, sino que contenía lo divino, una suerte de energía impersonal que conectaba al individuo con los dioses, es decir, con lo eterno. Esto que digo viene a cuento para hablar sobre el libro que aquí nos ocupa, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de la polémica autora británica Jeanette Winterson,  que ha sido publicado recientemente en España por Lumen con traducción a cargo de Álvaro Abella Villar (traducción, por cierto, que procura un texto limpio y extremadamente económico, como cabe suponérsele al original). Nacida en Manchester en 1959 y adoptada por un matrimonio de clase obrera, Winterson se convirtió muy pronto en un demonio a los ojos de su nueva madre, una fanática religiosa obsesionada con el Apocalipsis no por miedo al fin del mundo, sino por deseo de aniquilar a cuantos la habían hecho daño. Rebelde desde muy niña, la autora poseía ya esa entereza de los que descubren que a pesar de las palizas, de pasar las noches al raso como castigo o (y sobre todo) de que tu madre biológica te haya repudiado, es posible estar del lado de la luz,  una luz que en este caso aleteaba siempre fuera del hogar. Es decir: en lo menos personal. El demonio que, según la señora Winterson (“señora Winterson” es la forma en la que se apela a la madre en el libro), es su hija, sobrevive a la locura  por su temprana capacidad para conectar con la vida, e incluso con ciertos aspectos sagrados de ella, gracias a los otros y a la literatura. Y ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? es una novela autobiográfica que da buena cuenta de dicha supervivencia a través de una narración inteligente, sencilla, rápida, amena en el mejor de los sentidos, sabia en sus conclusiones, comprometida con su mensaje y su estética, segura de sí y absolutamente impúdica. Sea esta última caracterización también una advertencia: a quienes no les gusta oler demasiado el sudor de la existencia y velan por una literatura candorosamente literaria, que no se acerquen.  Jeanette Winterson deja bien claro que detesta a Nabokov.

Empecemos por el título: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? se asemeja a la típica consigna de autoayuda pero al revés, y el lector podría tomarlo como una ironía. La felicidad no tiene últimamente buena prensa; aspirar a ella parece cosa de estúpidos educados por la publicidad o por libros de crecimiento personal donde a menudo se banaliza este tema al dar como soluciones una serie, al parecer infinita, de mantras para oligofrénicos. Sin embargo, Winterson sabe demasiado bien lo que es sufrir y no desdeña el vilipendiado término, demostrando de paso que no se permite ningún elitismo. Su propuesta literaria no aspira a ese reconocimiento del mérito basado en ser alguien diferente, especial, para gustar a los hipster o a los apóstoles de la literatura sin más finalidad que ella misma, sino, y al menos en la obra que nos ocupa, en descubrir el valor terapéutico de la creación. Para ello invoca a Shakespeare, a Virginia Woolf o a T.S. Eliot: “Cuando la gente dice que la poesía es un lujo, o una opción, o para las clases medias cultas, o que no se debería leer en el colegio porque es irrelevante, o cualquiera de esas extrañas tonterías que se dicen sobre la poesía y el lugar que ocupa en nuestras vidas, sospecho que a la gente que las dice les ha ido bastante bien. Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía” (p. 49). La literatura es en primer lugar una herramienta para habitar mejor el mundo, y lo es en la medida en que se trata de una forma de conocimiento capaz de actuar sobre lo real.  Hay aquí una perspectiva muy abierta sobre la vieja aspiración del hombre a la conquista de una felicidad que incluye siempre a la comunidad, aunque barajando unos conceptos de herencia cristiana: “Ahora sé que nos curamos siendo amados y amando a los demás. No nos curamos formando una sociedad secreta de uno, obsesionándonos con el otro único ‘uno’ al que admitiríamos, condenándonos a la decepción”. El libro destila además un afán de descubrir las trampas que Tánatos, revestido de familia, sociedad, valores tradicionales y normalidad, nos pone, y en ese desvelamiento la vocación es política: “Cuando tuve éxito pero me acusaban de arrogancia, quería arrastrar a todo periodista que no me entendía a aquel lugar y hacerle ver que, para una mujer de clase trabajadora, aspirar a ser escritora, aspirar a ser una buena escritora y creer que eras lo bastante buena no era arrogancia, era política” (p.151).

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? recorre los hitos biográficos de esta autora respetando el pacto autobiográfico, pero al mismo tiempo reconociendo que dicho pacto sólo se cumple desde la subjetividad, es decir, que no podemos obtener un conocimiento fiable por la naturaleza cambiante, y por tanto falsa, del recuerdo. En este sentido la autobiografía opera como cualquier otra ficción, ofreciendo una verdad que no corresponde a los hechos, sino a un sentido propio que aspira a trascenderse. Jeanette Winterson alaba este carácter ficticio de la reconstrucción autobiográfica por ser una vía para sanar una identidad enferma: “Leerse a uno mismo como ficción y realidad al mismo tiempo es el único modo de mantener la narración abierta, el único modo de evitar que la historia se escape por su propia inercia, con frecuencia hacia un final que nadie quiere” (p. 131).

En definitiva, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? es un libro honesto, radical y explosivo que conviene leer en estos tiempos de literatura inane.

Esta reseña apareció en la revista Letras Libres nº 127.

CT

“Hay una anécdota graciosa sobre la Movida. Un mítico locutor de la BBC, John Peel, opina sobre Madrid en los ochenta: ‘Los grupos modernos no me parecen gran cosa, pero los Chichos y los Chunguitos son la hostia’. Podemos imaginar los caretos de horror de muchos modernos al descubrir que dos bandas de gitanillos habían eclipsado la agitación pop del momento. La música moderna en España, empezando en esos años, siempre ha tenido cierto afán de distinción, de hacer que el oyente se sienta por encima del resto de los mortales. Se ha impuesto más el concepto de escena o tribu que la idea de que la mejor música popular es la que explora los conflictos comunes a todos. La inmensa mayoría de los grupos españoles se forman entre los jóvenes que pueden permitirse comprar discos, instrumentos y viajes al extranjero. Es lógico que sus canciones reflejen precisamente los valores de las clases media y alta (aunque sería deseable que aprendieran a combatirlos o al menos desmontarlos).

(…)

¿Por qué se puso de moda cantar en inglés en los años noventa? Quizá fue una especie de alucinación colectiva, pero es más probable que tenga relación con el ‘espíritu de la época’. En los años noventa, España consigue al fin meter la cabeza en los circuitos de la economía global. Nuestro primer ejército de ejecutivos bilingües acabaría conquistando Sudamérica para el Ibex 35 con los millones ganados en las privatizaciones de Repsol, Endesa o Telefónica. Una década antes, ya se había instaurado  en la clase media española (bueno, media-alta) la costumbre de mandar a los niños a estudiar a Inglaterra o Estados Unidos. El resultado ha sido una mentalidad imperial, consciente o no, en la que se impone la anglofilia (grimosa anglofilia) y se ningunea la música de los países pobres (o que ellos consideran culturalmente pobres). Se trata, sencillamente, de mirar por encima del hombro a quienes no son tan ricos ni tan cool como tú”.

“Música en la CT: los sonidos del silencio”, Víctor Lenore (del libro CT o la Cultura de la Transición, VV.AA).

Las infantas, Lina Meruane

“Perrault, uf, qué feo nombre”, dice una de las protagonistas del libro que aquí nos ocupa. Sí, en efecto, qué feo suena el nombre de Perrault, y qué tentación de jugar a las hipótesis descabelladas. Tampoco suenan muy bien los hermanos Grimm, con esa eme arrastrándose grimosa,  por lo que podríamos aventurar, por ejemplo, que los insignes cuentistas estaban tan apesadumbrados por sus horrísonos apelativos que inventaban bellos nombres de mujeres-niñas o de niñas-mujeres, como Caperucita,  Blancanieves o Gretel.  Sin embargo, luego no podían soportar la música de esas sílabas, y las echaban a rodar en historias en las que había madrastras y brujas muy viejas que comían humanos. Además, y esto es otra hipótesis tal vez no tan descabellada como la anterior, la belleza tiene que ser castigada, ya que sus efectos son difícilmente controlables y no del todo morales. Encerrémosla pues en cuentos con moraleja, en museos, en críticas del juicio donde nos limitemos a exclamar “¡Esto es bello!” delante de cuadros y jardines sin rastro de sublimes románticos. Hagamos que se sienta en jaque y siempre a punto de menguar, como una actriz de Hollywood que acaba de cumplir los cuarenta. Y todo ello bajo el imperio de lo inteligible, la razón y lo serio. ¿Qué pasaría si un día las heroínas de los cuentos decidieran fugarse de las historias que protagonizan porque estuvieran hartas del precio que pagan por figurar? He aquí el modo en que he leído Las infantas, primer libro de Lina Meruane, que se publicó en Chile en 1998 y que apareció en Argentina el pasado año, en la editorial Eterna Cadencia. En él nos topamos con unas versiones de Gretel,  Blancanieves y  Caperucita llamadas Hildegreta e Hildeblanca, y que aquí son hijas de un rey  del que huyen. Frescas, indolentes, sensuales, sexuales y tal vez también amorales (quién sabe si fue de este modo como las concibieron sus inventores), Hildegreta e Hildeblanca parecen reprotagonizar los cuentos a su antojo, y así el lobo está a los pies de Caperucita, y las viejas a las que les gusta la carne humana son comidas por un séquito de enanos. A pesar de que este resumen argumental lo sugiere, no hay en Las infantas un ejercicio de venganza, ni por tanto plan previo de los personajes o del narrador. Lo que reina, y perdonen que me repita, es el juego, o tal vez una lógica que me recuerda a unas palabras que leí recientemente en una entrevista a Julia Kristeva, y que dicen así: “Mi convicción profunda es que lo femenino y lo maternal tiene toda su originalidad por fuera del poder. Existen otras lógicas, si no más profundas, al menos heterogéneas a la superficie política y policial de la comunicación racional y racionalista. Se trata de lógicas del inconsciente, ritmos y polifonías de la música subyacente a la palabra y a la palabrería: un infrasentido, al igual que hay infrasonidos”. Traigo aquí las palabras de Kristeva no para enredarme con lo femenino, sino porque este libro parece pertenecer a la lógica con la que se lo describe. Hildegreta e Hildeblanca están fuera del poder, es decir a salvo de todos sus efectos,  tanto de los buenos como de los malos. Bien y mal son además categorías que en este contexto no tienen ningún sentido. Las supuestas hermanas carecen de familia, de origen, de hogar y de identidad, y no porque no puedan señalarse, sino porque son confusos. Ellas mismas se encargan, además, de destruir cualquier definición. También carecen de cualquier atisbo humanista, y ello es asumido por el lector como una paradoja en la medida en que éste sí suele decodificar desde lo que el lugar común define como “humano”. Por otra parte, las aventuras de las infantas, donde se despliega un lenguaje más cargado de imágenes y metáforas, aunque sin sacrificar lo narrativo,  se saltean con pequeñas historias en las que el protagonismo no está claro. Dichas historias se presentan despojadas de la gracilidad casi poética del cuento infantil para investirse de un registro más serio, registro que  vincula la narración con cierto realismo. Ya no son personajes de fábula trazando piruetas imposibles quienes se exhiben en paisajes legendarios, sino seres de carne y hueso que pasean sus malas relaciones con el padre,  con la hermana o con sus cuerpos por unos espacios tan despojados que parece que estén siempre en un inmenso loft. El dolor, el miedo, la culpa y la sumisión son algunos de los elementos que vehiculan estas segundas tramas en las que los personajes, al contrario que Hildegreta e Hildeblanca, se entregan a la tragedia. La elipsis reina en las dos líneas argumentales, que pueden leerse como complementarias en la medida en que los temas se repiten, aunque habitando lógicas distintas que no necesariamente tienen por qué confluir. El sentido está aquí tan abierto que se presta a las interpretaciones que al lector se le antojen, y lo único que transpira cada página es una constante rebelión contra lecturas unilaterales. Mirad las capas infinitas de esta cebolla y lo que podemos hacer con ellas, parece decirnos el libro; celebremos este poder desconocido al que tal vez se llegue a través de juegos con los que no nos atrevemos. Gracias, Lina Meruane, por recordárnoslo.

Este texto se leyó en la presentación del libro en Casa de América de Madrid, el 23 de noviembre de 2011.

Talleres

Ya está abierta la matrícula para los talleres que impartiré este año:

 

FUENTETAJA:

– Taller de escritura creativa I (programa aquí). 

– Taller de escritura creativa II (programa aquí).

– Novela corta (programa aquí).

– Tutorías presenciales y online (vía Skype) de proyectos narrativos (novela y cuento; programa aquí).

 

LIBRERÍA TIPOS INFAMES:

– Taller de escritura creativa (información, aquí).

 

HOTEL KAFKA:

– Clases de lectura en el Máster de Escritura Creativa (información, aquí).

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Una casa en ruta

Mi padre tenía una agencia de viajes. Lo que acabo de decir es inexacto; sin embargo, de pequeña creía que la sucursal de Cemo en Valencia pertenecía a mi padre, puesto que era el único que trabajaba en un despacho y daba órdenes fulgurantes, y además entre las ideas que por aquel entonces tenía yo de los quehaceres de un jefe estaban las conversaciones interminables con clientes,  unos ojos entrecerrados que enfocaban un punto imposible de alguna orografía recóndita,  el cigarro manchando el esmalte dental y mis idas y venidas por el suelo resbaloso, que se aceleraban cuando la vacilación y las palabras arrastradas se volvían fugaces: tenía que darme prisa para pedir el dinero de la merienda. Acechaba la siguiente llamada. Por otra parte, me digo ahora, un padre no puede sino ser jefe, y las frases generan obligaciones que hay que respetar. Si, por ejemplo, yo hubiera empezado esta narración con: “Mi padre era el gerente de la sucursal de Viajes Cemo en Valencia”, algo fundamental en la génesis del texto se habría roto, y me resultaría imposible escribir una sola palabra sobre mis vacaciones y los viajes. La expresión inexacta es la semilla, y también la llave, del ritmo con el que magma incierto al que doy el nombre de “recuerdos” se ordena en oraciones.

            Aunque sólo era el gerente, Miguel Navarro se encargaba de los itinerarios de los viajes del Inserso, y se hacía acompañar, cómo no, de su oficio en las presentaciones, lo que nos procuraba a toda la familia hoteles gratis. Si se trataba de un hotel en el que a diario desfilaban señoras de Carcaixent y señores de Benimàmet que decían don Miguel nos daban una suite que no era gran cosa, pues los hoteles donde desaguaban los autobuses de Cemo escatimaban estrellas. Sin embargo, no había queja sobre la limpieza y el servicio. Antes de ser gerente, mi padre había dirigido en Sant Feliu un hotel que tampoco era suyo, y de ahí le venía el ojo para evaluar con sagacidad felina con cuánto clembuterol  mimarían  a sus clientes, y si el chunda chunda del final de la excursión iba a saltearse con las suficientes canciones de Manolo Escobar.

Mi padre siempre recuerda el hotel de Sant Feliu que mi madre le obligó a abandonar en una huida imposible hacia el Sur: primero Ibiza, y luego Alcoi, y más tarde Palos de Moguer (donde nací yo), y La Carlota. En cada traslado dejaba su trabajo y buscaba otro. Había decidido complacer a mi madre, devolverla a su tierra. Cuando ya parecía que sí, que íbamos a quedarnos para siempre en la campiña mirando hacia el Guadalquivir, la empresa de cementos cordobesa para la que hacía de representante quebró.  Miguel Navarro, que dejó en Cataluña lo que él llamaba  “su profesión”, y que siempre iba a decir, cuando le preguntaban, que lo suyo eran los hoteles y que había tenido que abandonar la partida sin que nadie le echara, nadie menos mi madre; digo: Miguel Navarro decidió aceptar la gerencia de Viajes Cemo en Valencia, pues aunque los viajes no eran exactamente lo suyo, se le parecían mucho, y además  estaba harto de dedicarse a trabajos que sólo eran buenos a ojos de su mujer, trabajos que ella le conseguía con su pediatría y sus contactos. Después de seis meses de gritos y de una noche en la que mi madre, tras darme una bofetada, se quedó con uno de mis dientes de leche clavado en la palma de la mano, nos fuimos a Valencia, y durante el viaje mi madre cantaba canciones en contra, y yo la secundaba, porque tenía cinco años y por aquel entonces ella era el amor de mi vida.

Ignoraba  que nos íbamos de allí para siempre, y eso que habíamos pasado el verano en una espera tensa, cercadas por la provisionalidad (mi padre se había marchado antes que nosotras, y los corredores eran cajas que servían para que algún grillo pasara las horas de calor y cantara la oscuridad de las paredes vacías). Mi madre, además, me decía diariamente: puede que la semana que viene ya no estemos aquí, lo que había hecho que la ciudad desconocida se convirtiera en un hogar mucho antes de ser habitada. Le tenía por ello impaciencia a la enorme casa con piscina, que no obstante pensé que iba a acompañarnos, como si fuera posible desplegar antiguos hogares por las nuevas habitaciones. Ya nos habíamos empezado a mover en mitad de aquel estatismo, y sólo había tregua por la noche, cuando mi madre preparaba unos sándwiches en la desmantelada cocina y los llevaba con una bandeja hasta el borde del agua, que estaba mucho más caliente que las baldosas de barro. Sujetas a la barandilla, tras habernos zambullido, comíamos los sándwiches y nos tendíamos en el suelo. Desde allí escuchábamos pasar los coches por la carretera, y jugábamos a adivinar si aquellos breves pero feroces zumbidos que parecían precipitarse sobre la tapia de nuestra casa pertenecían a un coche grande o pequeño, a un camión, a una moto. Esas fueron las únicas vacaciones que pasé a solas con mi madre, despidiéndome sin saberlo de la casa. También fue el único veraneo de mi vida en el que no fui a ningún sitio.

  Con el traslado a Valencia empezaron los viajes. Cuando la mudanza estuvo hecha y llegaron los fines de semana de invierno en los que la alternativa era ver una película en casa, o llevarme a las colchonetas del paseo marítimo (recuerdo la lona fría y húmeda y vacía de niños), el movimiento se convirtió en la tabla de salvación de un matrimonio que no terminaba de encontrar su provincia. Había que marcharse, fingir cada viernes unas vacaciones que nos llevaran lejos, y que duraron años. Si nos las pudimos permitir, fue porque mi padre tenía una agencia de viajes.

Pasábamos más tiempo en la carretera que en los lugares que visitábamos. Y nunca estábamos dos noches seguidas en el mismo hotel. Cuando íbamos a Albarracín, pernoctábamos allí el viernes, dábamos un breve paseo el sábado por la mañana y partíamos para Teruel, donde llegábamos de noche porque nos desviábamos por carreteras secundarias. Parábamos en los pueblos a comer, a tomar café, a ver la plaza, a mirar un río, a asomarnos a cuatro calles solitarias, a hacer una foto, a nada. Mis padres nunca se ponían de acuerdo sobre los desvíos, ni sobre la hora a la que debíamos arribar a nuestro destino. Sobre lo único que había acuerdo era sobre el movimiento perpetuo, como si la sensación de ir hacia algún lugar resolviera algo que a mí se me escapaba,  pero cuyo relieve permanece en mi memoria. Era una sombra que estaba siempre a punto de salirnos al paso en alguna cuneta. El silencio de mis padres rezumaba una tensa expectación, y también una alegría desbordada y enferma, alegría que se recostaba luego con ellos en las camas de embozos abiertos. Ahora pienso que tal vez se trataba de que no tenían nada importante sobre lo que legislar mientras estuvieran en la ruta, y de que además lo verdaderamente importante iba  siempre a desplazarse. Se querían, oh sí, y deseaban estar juntos, pero ya por aquel entonces las renuncias pesaban demasiado. Para hacerles frente lo mejor era  la contemplación de flores raquíticas en campos de barbecho.

En el asiento de atrás yo aprendía a disfrutar de los trayectos. Lo aprendía sin darme cuenta, como todo en la infancia y como siempre pasa con las cosas importantes. Observar el paisaje se convirtió en la cara B de los sándwiches al borde del agua con el sonido de los vehículos que pasaban de fondo, sólo que ahora yo iba montada en uno y estaba al otro lado de todas las tapias.  Lo que más me gustaba era la multiplicación de formas de vida desconocidas y al mismo tiempo imaginadas por mí durante los breves segundos que se perfilaban por mi lado de la ventanilla. Me veía habitando en el tembloroso fulgor de alguna luz nocturna que enseguida quedaba atrás, como una luciérnaga frágil que alguien había arrojado con furia, y que titilaba unos segundos antes de apagarse.  Me proyectaba sobre quebradas secas, en la solitaria quietud de las casetas de aparejos de La Mancha, en alguna habitación de los racimos de chalets que se desperdigaban por montañas de colores calizos, habitación en la que entrarían el frescor de la noche y saltamontes diminutos (y en el techo avanzaría imperceptible la procesionaria, que en los árboles del colegio amenazaba con echar su veneno sobre nuestros ojos y nuestras cabezas para dejarnos ciegas y calvas).

Las calles de las grandes ciudades me daban miedo cuando se hacía oscuro: sin que supiera por qué, la única opción que contemplaba al imaginarme transitando por ellas a esas horas era la de la pérdida. Una pérdida hasta sus últimas consecuencias, pues no sólo yo me habría evaporado, sino que quienes me conocían me darían por tal de una manera irremediable y definitiva, y tampoco cabría la posibilidad de avisar, de decir ante la mirada atenta y compasiva de un policía: “Por favor, llamen a mis familiares, que yo sigo viva”. Esto era así porque, en el momento en que me encontrara en el corazón de esas calles, estas se tornarían laberínticas, y no habría forma de retomar el hilo. Ese miedo, mi miedo primordial, dormía la mayor parte del tiempo en algún lugar del coche, muy cerca de mis piernas, y las acariciaba cuando la tarde había borrado sus matices. La prueba de que se podía desencadenar el fatal acontecimiento al menor despiste eran los llamados que por aquel entonces hacían las autoridades para que los padres cerraran bien las puertas. La televisión había empezado a emitir los primeros anuncios realistas con el fin de convencer a una población acostumbrada a meter a toda la parentela en un mini que iba a 80, y con alguna puerta sujeta con cuerdas, de que ciertas catástrofes podían evitarse. Recuerdo el anuncio en el que una niña rubia se entusiasmaba con una vaca gascona; la niña abría la puerta del coche para ir al encuentro del animal, y en la siguiente imagen ya no era más que un amasijo de cabellos rubios contra el asfalto (aunque sin sangre, pues todavía se velaba por que las pesadillas fueran llevaderas y elegantes). La niña rubia me esperaba cuando en la carretera sólo se veían las rayas, y era igualita al fantasma de la curva. Todo se adensaba  porque tal vez este miedo mío se mezclaba con el de mis padres, que también parecía acudir al final del día,  cuando la exasperación se hacía un hueco. Lo que había sido revelador y placentero se convertía en algo viscoso, hondo y maloliente, y de súbito todos nos dejábamos minar por el desánimo y por una ruindad rencorosa: ya no íbamos a darnos a nosotros mismos lo que habíamos pensado merecer, y tampoco se lo regalaríamos a los demás. Era por eso que, en el hotel, no se me ocurría pasar de mi cama supletoria a la de mis padres, pues sabía que una fuerza que no estaba a su alcance detener me expulsaría. Tenía que aguantarme  con mi miedo y las colchas remetidas con aspereza, y además enseguida amanecía,   el aire entraba por la ventana y nosotros nos poníamos en marcha.

Cuando llegaban las vacaciones de verdad yo dejaba de viajar con ellos. Me quedaba al cuidado de mi abuela en un pueblo del norte de Córdoba, fronterizo con Extremadura y Castilla-La Mancha. Ellos se iban a París,  a Ginebra, a Montpellier, y a la vuelta traían fotos en las que posaban ante escaparates caros o como espectadores de partidas de ajedrez con piezas gigantes en plena calle. No había ni rastro del coche, ni de los trayectos, a pesar de que recorrían Europa al volante. Ignoro si fuera de España los hoteles también les salían gratis, aunque supongo que no, pues los del Imserso no se iban tan lejos. Miraba  sus fotografías con desapego, sin sentir ni una pizca de envidia por los jardines versallescos, ni por el Coliseo romano. Me costaba encontrarme en la rígida claridad de los monumentos, y además me bastaba mi bici, y también mis tardes en la piscina pública y el metal oxidado de las sillas del cine de verano. Más adelante, a los doce años, comencé a observarlos con desdén, con ese desdén de la preadolescencia chillona, engreída y destinada a convertirse en una atalaya. A los trece, a los catorce, a los quince, lo único crucial para mí iba a ser esa capa suave y brillante de humo que cubría con amabilidad los bares, así como las discotecas de luces violetas, con sillones de un material acharolado y  pantallas gigantes emitiendo vídeos musicales. Importaban de repente mucho las fiestas patronales, plagadas de esperanzas y nervios, y luego el fin de fiesta, cuando ya quedábamos en el pueblo sólo los que pasábamos allí los tres meses de verano. Se abría paso una espera más libre que la de los días de feria, pues de la feria lo había esperado todo, y aunque sólo había conseguido una borrachera casi permanente, ahora tenía la sensación de poseer por vez primera algo definitivo, que nadie podría arrebatarme, y que me permitía seguir al acecho con la dosis justa de desesperación. Durante los primeros días de septiembre, ya en Valencia, conservaría la fuerza del verano y la creencia en que jamás nunca nada iba a volver a ser como antes, hasta que las jornadas se posaban de nuevo sobre postes avarientos, y entonces no lograba explicarme qué había sido del poderío estival. Incluso dudaba de que existiera. Miguel Navarro y Pepita Ponferrada seguían marchándose los fines de semana, aunque no con tanta alegría. A mi padre lo habían echado de la agencia que nunca fue suya, y resultaba difícil que los hoteles continuaran ofertando gratuitamente sus servicios. Por otra parte, mi madre ya no estaba tan a disgusto en la ciudad, y si seguían escapándose los fines de semana era por  la costumbre. Me miraban con ojos culpables cuando me preguntaban: “¿Quieres venirte este viernes con nosotros?”, pues temían un sí por respuesta. No lo temían porque no quisieran llevarme con ellos, sino porque no había tanto dinero, y no era moco de pavo ahorrarse la cama supletoria y las comidas. Me hubiese de todas formas bastado con vacilar para que me llevaran, aunque eso supusiera pasar el fin de semana a base de bocadillos de tortilla y sándwiches mixtos en cafeterías donde ni siquiera había menú, sino platos combinados. Desde luego no era ninguna tragedia, aunque supongo que para ellos no resultaba fácil mostrar esa pequeña caída de una clase media que se había soñado alta a otra que no era baja porque a casa entraba el sueldo de funcionaria de mi madre. Yo disimulaba. Me dolía su sufrimiento por no poder ofrecerme una buena cantidad de kilómetros con entrecotes y lubinas salvajes amenizando las horas, aunque por otra parte me tranquilizaba que mi negativa fuera acogida con alivio. No deseaba acompañarles a pesar de que me gustaban los trayectos, de que incluso por momentos los necesitaba, pues no había encontrado nada que pudiera sustituirlos. Pero ya no podía obviarme ni obviarlos a ellos, y menos aún creer que la larga cadena de desencuentros en la que nos sumergíamos iba a tener un final en el que todo habría de comprenderse: los viajes, las huidas, los miedos y la pequeña injusticia del tiempo. Reconciliar es sumergirse en la nada.

Este texto se publicó originalmente en la revista Letras Libres. Agosto de 2011.