Escalas

De Tarifa a Algeciras nada hace suponer que dos horas después, por la autovía del Mediterráneo, la playa pueda convertirse en un sofá cuya impronta no es IKEA, sino escay, o lo que es lo mismo: kilómetros de cuero impostor y pegajoso ante un horizonte de babilla. Me enchufo los cascos, me postro en la arena como en un altar con torres de hormigón al aire. Las terrazas de los edificios más lejanos, bajo el sol, parecen placas de fibrocemento. Tan sólo una señora con un bañador gris y una orquídea falsa en el pelo me clava una mirada elocuente; el resto de miles de personas que rezuman crema se dejan hervir y poco más, y yo tengo que invocar al feísmo,  a una voluntad misteriosa, a un quicio en la degradación. No es ya lo que parece ni es nada, venía diciéndome esta mañana por la nacional, aunque con Marruecos del lado del copiloto y el brillo acuciante del agua  me dejaba embargar por lo que parecía, por la fantasía recurrente, colonial en este caso: instalarme en lo desconocido (África), con una vaga conciencia culpable por la miseria de la que no iba a participar, y ante la que enarbolaría un todopoderoso exilio. Sin embargo estaba conduciendo hacia Benalmádena, hacia esta toalla extendida sobre la que me achicharro viva, y olvidé muy pronto el paisaje del Estrecho y sus lecturas probables y cansinas.  En San Roque me invadió otra niebla, de una tonalidad menos blanca. Miré playas y colmenas;  creo que conduje muy por encima del límite de velocidad a pesar de mi coche pequeño, deseando que la autovía se incrustara en una cala, o en los espolones que iban quedando atrás, y que a veces tenía que adivinar a través de la tierra rebanada. Boca arriba sobre la arenilla de Benalmádena, de una finura comparable al albero, siento que todo lo que es hortera y puro símbolo me rodea.  El oro en las orejas y los pescuezos, las sombrillas de colores extenuantes, almohadas de las de hinchar, Pringles untadas en el guacamole del Carrefour, tortilla de patata y chorizo, bañadores de El Corte Inglés, un Mediterráneo reducido a charco, colillas de punta sobre la arena que los niños apagan con sus pies mojados. Esta es una playa a escala puramente humana, como lo son las calles del centro de Madrid con sus calzadas anticoches y los peatones campando a sus anchas, con sus comercios y sus bares y gente a patadas. Construyo esta analogía para intentar que lo humano demasiado humano no me expulse, pero nada: lo que me vale en Madrid se torna aquí monstruoso, y eso que el sol cae con una crudeza tan hiperrealista que no hay quien se la crea, destrozando las causalidades, obligando incluso a los insectos que han sobrevivido a la invasión a separarse de su naturaleza minúscula. También puedo aplicar la lógica del centro comercial a la playa; desde luego se me antoja más verosímil, aunque eso no significa nada, excepto que ambos sitios me incomodan. Los adolescentes están ligando como lo hacen en los parques y en las plazas, los viejos se agrietan en las hamacas, hay mujeres haciendo footing y hombres que han pasado el resto del año en el gimnasio. Es Belén Esteban quien reina en el fondo de todas las cosas, dantesca y onerosa; mi disgusto pertenece al clasismo del gusto, y la verdad es que debería darme vergüenza hacer antropología barata, así que recojo mis bártulos y vuelvo a mi coche pequeño y recalentado, y cuando observo a lo lejos la playa me extraño de mi propia familiaridad.

 Este texto apareció en la revista Marie Claire Nº 275.

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