(Mi) Escritura y ciudad

Hace una semana participé en el Festival Eñe con una miniconferencia sobre la relación entre el espacio urbano y mi escritura. Ahí la dejo:

«Cierto día recibo un e-mail del autor de cómics Leandro Alzate. Sus palabras me intrigan por la precisión y la simplicidad con la expresan cómo trabajo mis textos. Leandro me dice que le gusta mi manera de desarrollar la ficción en el espacio urbano, y que ésta se sustente exclusivamente en la modulación de las sensaciones como hilo narrativo. Unos cuantos correos después empieza a perfilarse la posibilidad de una colaboración. Leo Mal dadas, el cómic que Leandro publicó en Astiberri, y que cuenta una historia mínima, terrible y hermosa de adolescentes; le hablo de la inquietud que me provocan sus escenarios borrosos y casi vacíos, una inquietud, le digo, que viene de la posibilidad que los preña, de la apertura. Edificios que podrían ser demolidos mañana, naves industriales, callejones, solares y, en fin, un paisaje de ruinas que sin embargo no se proyecta hacia el pasado, sino que se balancea entre el presente y un extraño porvenir. Le digo que sí, que no me costaría hacer míos sus escenarios de trazo abierto, y entonces él me envía una serie de fotografías, todas de lugares de paso: un pasillo, un pasaje subterráneo, las escaleras de un ferry.

En una entrevista a E.L. Doctorow aparecida hace unos meses en Quimera, el autor, a propósito de Homer y Langley, su última novela, decía algunas cosas muy interesantes sobre la escritura. La primera es que el escritor parte de un mito, dándole a mito el significado de leyenda, de algo que alberga un misterio que se quiere desentrañar porque se presupone que esconde una clave decisiva, es decir, un sentido. Sin embargo, advierte Doctorow que ese sentido viene al final, cuando la obra está escrita, y no antes. Traigo aquí las palabras del autor norteamericano porque, en la medida en que la ciudad es todavía para mí una suerte de leyenda, de tema misterioso que dista mucho de haberse agotado (y de haberme de paso revelado por qué demonios me instalo en él), trasladarme al plano del sentido no puede sino ser una impostura. No obstante, estoy obligada a ello porque esto es una conferencia y no una ficción, y yo soy respetuosa con los formatos. Asumo pues, y ustedes también deberían hacerlo, que lo que voy a decir aquí no son más que hipótesis sobre el papel que la ciudad está generando en mi obra, y que como hipótesis pueden e incluso, en la medida en que concibo la escritura como descubrimiento y no como tesis, deben resultar falsas.

Creo que la mejor manera de abordar el asunto es proceder como si tuviera que explicarles una nube de tags. Dichos tags son los conceptos que me vienen a la cabeza cuando pienso en la ciudad y en la forma de tratarla a través de la literatura. Uno de esos tags que, de ser esto un blog, aparecería con letras bien gordas, sería el de “centro-periferia”. Llamo centro a todo lo que es constitutivo de la identidad de una ciudad, y no sólo al espacio denominado como tal en los mapas. Habitualmente dicho espacio y la identidad de la urbe coinciden, hasta el punto en que a veces ésta queda reducida al típico mapa del centro que los hoteles ofrecen a sus clientes por cortesía de El Corte Inglés. Vayámonos sin embargo a la España de los años 80. En ciudades como Valencia el casco viejo era intransitable, y la gente de bien no quería saber nada de la gentuza que vivía allí ni de sus edificios decrépitos. El supuesto centro era pura periferia; el ciudadano burgués, que tenía el poder de definir qué era y qué no era la ciudad, ni lo pisaba ni lo mentaba, y aquellas calles viejas y sin plan para rehabilitarlas se fueron convirtiendo en cloacas. Si me atengo a mi definición de centro, la Albufera, incluida en todos los recorridos turísticos de un día (la Albufera está a unos 10 kilómetros al sur de Valencia), era en aquellos años más céntrica que la ciutat vella. Dentro de este marco, la periferia sería obviamente lo que está excluido del marcador identitario. Lo que queda fuera del mapa de El Corte Inglés, pero también lo que, estando dentro, no es definitorio.
Es muy probable que ninguna de mis ficciones vaya a trascurrir en un escenario céntrico. Me pasa lo que al pintor Antonio López, quien dijo en una entrevista que lo que le inspiraba no era el centro, sino las afueras. Cuando observo imágenes de, por ejemplo, la rive gauche, Manhattan o la Gran Vía,  no puedo dejar de ver la postal. Se trata de lugares profusamente contados que encarnan nuestros actuales mitos, es decir, de los que cuelgan narraciones que nos identifican. En esa medida, están sobreinterpretados, y volviendo a Doctorow, aunque se trata de sitios míticos, su leyenda está referida a la Historia, y no al misterio. La sobreinterpretación puede ser fructífera para muchos escritores, pues al fin y al cabo la literatura no hace sino contar lo mismo una y otra vez. Sin embargo, yo no puedo instalarme en este tipo de escenarios; me pesa demasiado su carga significativa, y prefiero irme a lugares indefinidos, de trazo abierto, como los dibujos de Leandro Alzate que he mencionado antes o, trasladando el argumento al plano de la trama, como la leyenda que Doctorow retoma en su novela, la de dos hermanos freaks con síndrome de Diógenes, asunto éste periférico y en cualquier caso extraño para lo que era la pretensión del autor: contar el siglo XX norteamericano. Por cierto que Doctorow decía también haber conocido a algunos  escritores que tras una ardua investigación acerca del tema de sus novelas se quedaron secos, pues el saber les arruinó la capacidad de crear.
El tag que ocupa el segundo lugar en grosor de mi blog imaginario es el de la “ciudad como polis”, esto es, como un espacio donde hay un tejido ciudadano que permite una política.  La ciudad-polis, ese lugar en el que los proyectos colectivos son posibles,  es algo que surge a posteriori, cuando reflexiono sobre lo escrito y sobre mi fijación con determinados paisajes urbanos. He dicho antes que los centros de las ciudades están sobreinterpretados, amén de representar una jerarquía (desde ellos se emite valor); sin embargo, de alguna manera  las periferias están también sobreinterpretadas: películas, series o libros sobre, por ejemplo, Harlem o Carabanchel, o, y puesto que sería ya muy discutible si Harlem o Carabanchel son periferia, el culebrón vespertino de Antena 3, cuyos protagonistas suelen vivir en ciudades dormitorio, o el cine social de la banlieue y de la chabola. No obstante, en esa sobreinterpretación el espacio ocupa un lugar muy secundario. En los libros y en las películas que transcurren en Nueva York o en París los narradores y la cámara dan buena cuenta de las calles; en cambio, en el culebrón de Antena 3 no salimos del chalet, ni de la chabola de la familia Montoya en el documental sobre poblados gitanos. Nada sabemos a propósito del espacio exterior, y desde luego es lógico que así sea, puesto que no hay tejido urbano, es decir, no hay espacio público, ciudad. Vuelvo a las palabras de Leandro Alzate, quien me decía en su correo que mis hilos narrativos se sustentan exclusivamente en la modulación de las sensaciones, y añado: de las sensaciones dentro de un espacio urbanizado sin que necesariamente dicho espacio sea ciudad, o incluso precisamente por eso. Tengo a veces la impresión de que mi escritura es sinónima de flanear (palabra que, por cierto, detesto), y que las tramas que alzo son una excusa para justificar que mis personajes recorran ciertos espacios que suelen ir de una periferia urbanita a otra donde la ciudad se diluye. Estoy exagerando, sí, pero no mucho. Sinceramente, no sé qué es lo que me lleva a explorar los territorios inhóspitos; desde luego tiene que ver con lo desconocido y con la posibilidad y, en relación con esta última, y volviendo al concepto de polis, a ratos creo que la periferia, esa descomposición de lo habitable, nos representa mejor, pues somos ciudadanos fracasados. También pienso que poner a mis personajes a merodear por andurriales o por sitios que no se transitan (imagino que si tuviera que rodar una película en una urbanización mi protagonista caminaría absurdamente por el vecindario) es de alguna manera hacer habitable ese territorio, convertirlo en polis, aunque por supuesto todas estas interpretaciones son autocomplacientes, y lo más sensato es confesar que no sé exactamente por qué ciertos espacios disparan mi escritura.
Hablar del tag “ciudad como generadora de identidad”, o como desintegradora, me obliga a retomar el tema del centro y la periferia para jugar con varias posibilidades; de la más obvia ya hemos hablado: centro como generador de identidad, donde el ciudadano ya está escrito, frente a la periferia, que lo disuelve; sin embargo, estas fronteras son móviles, como lo son los efectos que puedan tener sobre nosotros: en este sentido, tal vez resulte más determinante en lo que a generar una identidad fuerte se refiere un paisaje de edificios de protección oficial que la torre Eiffel. Sólo añadiré a lo que ya dije antes que evito nombrar enclaves como el Museo del Prado, de tal forma que si en alguna ficción pusiera a un personaje a trabajar en el Prado, diría simplemente “el museo”. A pesar de ello,  si la acción narrativa transcurriera en, por ejemplo, Talavera de la Reina o Tragacete, me aplicaría en nombrar con profusión, precisamente porque no son centros de nada, y por ello constituyen lo contrario de lo que cierto tipo de lector que a veces soy yo misma esperaría como escenario de una novela o un cuento. Creo que transgredir consiste a veces, y entre otras cosas,  en ir en contra del gusto dominante, y cuando digo gusto, es decir, estética, también quiero decir ética.»
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