La nueva taxidermia o qué tememos perder

Frente al embalsamamiento, que preserva de la putrefacción para hacer del cuerpo una materia coherente con la creencia en la inmortalidad del espíritu, la taxidermia diseca a los animales dándoles una apariencia viva con el fin de exponerlos en museos, encima del televisor o en mesones con carta especializada en carne de caza. Las momias viven en sus pirámides, y no requieren público porque el alma se vale sola; el lulú o el conejo disecados, en cambio, no son nada sin los colegiales que los observan a través del cristal, o de la mesonera que les limpia el polvo. Necesitan de los otros en su vacío, y para atraerlos adelantan eternamente la patita con coquetería, o simulan fiereza con sus imponentes colmillos. No padecen, ni serán nunca viejos; el taxidermista se ha esforzado por sacar lo mejor de sus cuerpos, tornándolos semejantes a esa línea recta que aparece en las pantallitas de los medidores de la frecuencia cardiaca cuando la persona se ha tornado cadáver y ningún auxiliar ha corrido a apagar el desagradable pitido.

La nueva taxidermia no habla de muertos, pero casi. Esta novela, o nouvelles, presenta a dos mujeres tan valientes como cobardes, aunque tal vez decir “mujeres” nos sitúa en una carnalidad de la que Mercedes Cebrián huye conscientemente, y lo más justo sería reducirlas a voces que emiten desde un solo lugar: el de una inteligencia analítica que se aplica a la disección de la cobardía. Lo hace a través de dos experimentos  que desvelaré más adelante. La trama es mínima, se ha renunciado al suspense, la monocromía de las voces apenas permiten hablar de personajes, y el tono y buena parte del discurso son más ensayísticos que narrativos, todo lo cual sitúa a la obra de Cebrián en un supuesto lado no tradicional cuyo valor, sin embargo, no radica ahí, sino en la manifiesta voluntad de la autora de  hacerle  “un descomunal corte de mangas a las modas literarias, a los temas que se supone deben interesarte por la franja de edad a la que perteneces, al tipo de lector que crees que va con tu estilo. Si tu escritura coincide con el Zeitgeist, mira qué bien. Si no, mejor aún”[i]. Cebrián suena a Cebrián, y lo primero que el libro destila es que nadie ha decidido por ella el lugar donde radica su fuerza. Decía a este respecto Ray Loriga en un artículo reciente en El País semanal que: “Si  somos capaces de imaginarnos a nosotros mismos de una manera prudente y precisa, decente fuera de las indecentes convenciones, respetuosa con los modos de los otros, pero violentamente opuesta a sus intenciones, si podemos ser uno, ese hombre dotado de instinto que sujeta sus propios cálculos, si conseguimos ser finalmente, por poco que seamos, si lo conseguimos, ninguna medida extraña a lo nuestro dará exactamente nuestra medida”[ii].

Volvamos a lo de la valentía y la cobardía: he aquí un libro que no construye un discurso que sirva para autojustificarse. Hemos dicho antes que las voces están llenas de miedo, aunque no se trata del miedo a decir, sino a mezclarse con los otros y a dejar que la vida siga su curso. En este sentido, las protagonistas no se comprometen con nada, excepto con ir lejos en el dibujo de su propio espanto. Así, en la primera de la nouvelles, “Qué inmortal he sido”, se intenta una reconstrucción del pasado, y no de cualquier pasado, sino de aquel que tuvo su discreto esplendor, y que se concretará, entre otras cosas, en la recreación material de una fiesta un tanto pedorra con la que habríamos sufrido de no haber sido invitados. No hay nada que pueda calificarse de íntimo, o incluso de humano, en las conversaciones que tuvieron lugar aquella vez, sino un Perec pasado por el diseño y la gastronomía. Lo humano, o la carne, está en lo que no se dice y en un tiempo que se nos escamotea, el presente, del que sólo tenemos la apreciación de que los supervivientes de aquel pasado que prometía brillo son a día de hoy “esos garbanzos medio innobles que han acabado perdiendo su función en la estructura de lo que días antes fue un cocido”. En este paisaje hace su aparición un personaje que sirve de espejo a la laboriosa taxidermista de la memoria, a saber: la anfitriona de la fiesta, quien hasta ese momento había vivido para el futuro,  y que al darse cuenta de que éste es humo, quiere instalarse en la actualidad mediante un movimiento que implica recuperar cosas de su pasado. Una vez que recorremos el arco temporal (la protagonista nos ha llevado al pasado y la anfitriona al futuro, y las dos terminan queriendo lo mismo) podríamos concluir que es el nadar y guardar la ropa lo que impide pisar el presente, que desde luego no salva de la precariedad, pero donde la tierra está bajo los pies. En cambio, en la rueda de hámster de la que la taxidermista y la anfitriona no se atreven a descender la actualidad acaba diluyéndose en una proyección destinada a convertirse en algo que nunca fue, y de la que se tendrá una nostalgia inútil. Huelga decir que esta manera de instalarse en lo que quiera que sea lo real no termina en el libro, y que su potencia estriba en ser una radiografía precisa de nuestra dislocada temporalidad.

La segunda de las nouvelles, que es mi favorita y que se titula “Voz de dar malas noticias”, escenifica en las primeras páginas el conflicto al que vamos a asistir. Belinda, que así se llama la personaja, va montada en el autobús a su clase de canto. Está cerca de la puerta de salida, y una de las veces, al cerrarse ésta, su pie se queda atrapado en la goma. La vergüenza, el temor al ridículo o, más probablemente, el pánico a implicarse en cualquier asunto, incluso en los propios, mantienen el pie aprisionado y dolorido, hasta que un viajero habla por Belinda. Apunta aquí la narradora que: “Mediante este ejemplo, amiguitos, aprendemos que es muy arriesgado depender de la voz ajena para salir del paso”, advertencia que no sirve para nada cuando lo que se desea por encima de todo es que, y dándole la vuelta a una cita del libro, el día a día verbal sea una canción cuya letra puedes memorizar, o un tema recitado ante un tribunal de oposición. Suena mal, sí, pero es lo que todos acabamos pidiendo cuando nos atenaza el miedo. Por ello, cualquier cosa que huela a verdad, palabra de mala prensa, no es bienvenida: “Cuando le preguntamos al camarero si está rica la lubina no queremos la verdad. Él tampoco tiene por qué decírnosla: su misión es garantizarnos que la lubina hoy sale excelente y nosotros, presatisfechos ante su seguridad, decimos que adelante, que venga esa lubinita rica al horno”. Esto permite que puedan darse por buenos los discursos por su mera coherencia interna, de ahí “la ligera satisfacción que obtiene [Belinda] al emplear los vocablos del catador de modo totalmente aleatorio y al desarrollar todo un discurso vitivinícola ficticio alrededor de la botella y de su contenido. De repente Belinda es sumiller, pero si alguien pudiera tocar su recién adquirido discurso comprobaría que está totalmente hueco por dentro y lo acabaría calificando como cantinela”.  No es esta una nouvelle sobre la identidad, o lo es sólo de manera secundaria. El asunto aquí es la responsabilidad, y como Belinda pretende no mojarse en ese “ahí, en esos momentos en que su palabra cuenta para el otro y hay que hacerse cargo de ella”, decide fabricar unos muñecos, entre ellos una Minibelinda que hable en su nombre. De nuevo, otra instantánea siniestramente precisa de las voces prestadas con las que hablamos para no desentonar. Añadamos al respecto que el experimento de la protagonista tan sólo confirma su fracaso.

Permítanme finalizar con una pregunta.  Si aferrarnos al pasado y al futuro para instalarnos bien abrigaditos en el presente no nos quita el frío, y si los muñecos que hablan por nosotros  no evitan que agarremos una pulmonía, ¿para qué los queremos? O dicho de otro modo: ¿qué es lo que en realidad tememos perder?

Este texto se leyó en la presentación en Madrid de La nueva taxidermia, de Mercedes Cebrián.

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