¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Jeanette Winterson

Uno de los aforismos más inquietantes de Heráclito es el de que “El carácter es para el hombre su demonio”, afirmación asimilable a esta otra, algo más tranquilizadora, de que “El destino es el carácter”, que nos permite a los lectores educados en la tradición judeocristiana eludir la connotación demoníaca con la que, sin los conocimientos filosóficos pertinentes, se lee la sentencia de El Oscuro de Éfeso. Sin embargo,  la palabra griega daimon no recogía historias de ángeles caídos y dedicados a sembrar el mal en la Tierra, sino que contenía lo divino, una suerte de energía impersonal que conectaba al individuo con los dioses, es decir, con lo eterno. Esto que digo viene a cuento para hablar sobre el libro que aquí nos ocupa, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de la polémica autora británica Jeanette Winterson,  que ha sido publicado recientemente en España por Lumen con traducción a cargo de Álvaro Abella Villar (traducción, por cierto, que procura un texto limpio y extremadamente económico, como cabe suponérsele al original). Nacida en Manchester en 1959 y adoptada por un matrimonio de clase obrera, Winterson se convirtió muy pronto en un demonio a los ojos de su nueva madre, una fanática religiosa obsesionada con el Apocalipsis no por miedo al fin del mundo, sino por deseo de aniquilar a cuantos la habían hecho daño. Rebelde desde muy niña, la autora poseía ya esa entereza de los que descubren que a pesar de las palizas, de pasar las noches al raso como castigo o (y sobre todo) de que tu madre biológica te haya repudiado, es posible estar del lado de la luz,  una luz que en este caso aleteaba siempre fuera del hogar. Es decir: en lo menos personal. El demonio que, según la señora Winterson (“señora Winterson” es la forma en la que se apela a la madre en el libro), es su hija, sobrevive a la locura  por su temprana capacidad para conectar con la vida, e incluso con ciertos aspectos sagrados de ella, gracias a los otros y a la literatura. Y ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? es una novela autobiográfica que da buena cuenta de dicha supervivencia a través de una narración inteligente, sencilla, rápida, amena en el mejor de los sentidos, sabia en sus conclusiones, comprometida con su mensaje y su estética, segura de sí y absolutamente impúdica. Sea esta última caracterización también una advertencia: a quienes no les gusta oler demasiado el sudor de la existencia y velan por una literatura candorosamente literaria, que no se acerquen.  Jeanette Winterson deja bien claro que detesta a Nabokov.

Empecemos por el título: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? se asemeja a la típica consigna de autoayuda pero al revés, y el lector podría tomarlo como una ironía. La felicidad no tiene últimamente buena prensa; aspirar a ella parece cosa de estúpidos educados por la publicidad o por libros de crecimiento personal donde a menudo se banaliza este tema al dar como soluciones una serie, al parecer infinita, de mantras para oligofrénicos. Sin embargo, Winterson sabe demasiado bien lo que es sufrir y no desdeña el vilipendiado término, demostrando de paso que no se permite ningún elitismo. Su propuesta literaria no aspira a ese reconocimiento del mérito basado en ser alguien diferente, especial, para gustar a los hipster o a los apóstoles de la literatura sin más finalidad que ella misma, sino, y al menos en la obra que nos ocupa, en descubrir el valor terapéutico de la creación. Para ello invoca a Shakespeare, a Virginia Woolf o a T.S. Eliot: “Cuando la gente dice que la poesía es un lujo, o una opción, o para las clases medias cultas, o que no se debería leer en el colegio porque es irrelevante, o cualquiera de esas extrañas tonterías que se dicen sobre la poesía y el lugar que ocupa en nuestras vidas, sospecho que a la gente que las dice les ha ido bastante bien. Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía” (p. 49). La literatura es en primer lugar una herramienta para habitar mejor el mundo, y lo es en la medida en que se trata de una forma de conocimiento capaz de actuar sobre lo real.  Hay aquí una perspectiva muy abierta sobre la vieja aspiración del hombre a la conquista de una felicidad que incluye siempre a la comunidad, aunque barajando unos conceptos de herencia cristiana: “Ahora sé que nos curamos siendo amados y amando a los demás. No nos curamos formando una sociedad secreta de uno, obsesionándonos con el otro único ‘uno’ al que admitiríamos, condenándonos a la decepción”. El libro destila además un afán de descubrir las trampas que Tánatos, revestido de familia, sociedad, valores tradicionales y normalidad, nos pone, y en ese desvelamiento la vocación es política: “Cuando tuve éxito pero me acusaban de arrogancia, quería arrastrar a todo periodista que no me entendía a aquel lugar y hacerle ver que, para una mujer de clase trabajadora, aspirar a ser escritora, aspirar a ser una buena escritora y creer que eras lo bastante buena no era arrogancia, era política” (p.151).

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? recorre los hitos biográficos de esta autora respetando el pacto autobiográfico, pero al mismo tiempo reconociendo que dicho pacto sólo se cumple desde la subjetividad, es decir, que no podemos obtener un conocimiento fiable por la naturaleza cambiante, y por tanto falsa, del recuerdo. En este sentido la autobiografía opera como cualquier otra ficción, ofreciendo una verdad que no corresponde a los hechos, sino a un sentido propio que aspira a trascenderse. Jeanette Winterson alaba este carácter ficticio de la reconstrucción autobiográfica por ser una vía para sanar una identidad enferma: “Leerse a uno mismo como ficción y realidad al mismo tiempo es el único modo de mantener la narración abierta, el único modo de evitar que la historia se escape por su propia inercia, con frecuencia hacia un final que nadie quiere” (p. 131).

En definitiva, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? es un libro honesto, radical y explosivo que conviene leer en estos tiempos de literatura inane.

Esta reseña apareció en la revista Letras Libres nº 127.

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