Nadar en agua helada, Recaredo Veredas

Vaya por delante que no soy poeta, y que rara vez leo crítica a poemarios o artículos de corte académico en los que arañar ese vocabulario técnico que da apariencia de saber, y que a veces también lo contiene. Sí leo poesía, aunque de una forma caprichosa. La poesía es una religión a la que constantemente me asomo pero a la que nunca me convierto. Es por ello que lo que pueda decir sobre Nadar en agua helada, primer poemario de Recaredo Veredas, han de ponerlo en el lugar que consideren oportuno. Tal vez ese lugar sea la papelera de reciclaje. Piensen no obstante que ignorar algunas cosas, como por ejemplo cuál es el marco estético o el canon de la temporada, tiene sus ventajas: quien desde esa ignorancia escribe no ha de sumar puntos para entrar o seguir perteneciendo a ninguna escuela o grupúsculo cuyos miembros vigilan con fervor poco poético cada palabra, filia o fobia del resto. Como no son míos esos lastres, por lo menos pueden ustedes fiarse de la relativa libertad con la que escribo esta reseña, y digo relativa porque Recaredo Veredas es amigo mío.

Veredas es un notable cuentista y un genial microrrelatista, lo que quiere decir que está especialmente dotado para el fogonazo y la sugerencia. Ello implica jugar con la elipsis sin renunciar a la precisión. Menciono estas aptitudes de Veredas porque Nadar en agua helada, conjunto de poemas en prosa que se leen, o que yo he leído, con gusto y admiración, y también como si cada poema fuera un cuarto vacío con vistas que le agradarían a un gótico, conserva estas actitudes trasladándolas al territorio poético. No nos movemos aquí en la concreción de las microhistorias a las que Veredas nos tiene acostumbrados, sino, y no podía ser de otra manera tratándose de poesía, en un territorio abstracto donde lo que prima es la descripción evocadora y la inmersión en la conciencia de la paradoja. Parece que Veredas quiera señalarnos que no hay otro punto de partida más que aquel que lleva a desmentir una y otra vez cualquier interpretación previsible y unilateral, y es significativo a este respecto que el libro se abra con las siguientes palabras: “Mientras los ojos descansan, escondidos bajo curvas de hueso, los sueños abren las compuertas y pasean libres por los corredores vacíos. Los primeros chillan, golpean las paredes con zapatos sucios, escribiendo en el despertar los indicios del miedo. Los últimos dejan marcas débiles, risas y amenazas que apenas vencen la condición de los muros”. La vigilia y el sueño, así como la inversión de su significación tradicional (inversión que no pretende reivindicar una interpretación más “verdadera” de estos estados, sino señalar que cualquier límite es agua que se evapora cuando menos lo esperas), sirven para mostrar lo endeble que es la construcción de lo real y de la subjetividad, instancias que no establecen fronteras en este libro (así, se habla de lo propio apelando al espacio público por antonomasia y a su representación, a saber: la ciudad y sus mapas). También hay aquí un hielo que a pesar del calor nunca se deshace, ratas que adquieren alturas humanas, peces a veces dorados y otras podridos, fábricas, mendigos y ciegos y mendigos ciegos, y una advertencia: si el mundo es borroso hay que tener cuidado con las instancias levantadas para dar una luz, pues tal vez dichas instancias nos hacen olvidarnos de la sombra. Una luz olvidada de la sombra no es más que perversión, y a veces la literatura se convierte en eso: “Nunca distinguimos el rostro de los adversarios. Sabemos que embozan sus mejillas con telas negras y elaboran estrategias incruentas, modificadas por el hastío. Los diarios explican la extrañeza de su dieta y los principios de su lenguaje. Recitan salmodias vertebradas en una sola palabra, repetida hasta la consumación de los signos. No han vencido pero marcarán el trazo de las nuevas avenidas”.

Lean Nadar en agua helada. Yo no sé dónde colocarlo porque, como he dicho más arriba, me declaro incompetente para sentar cátedras poéticas. Lo único que puedo decir con certeza es que me ha gustado mucho, y que es un libro a cuyos cuartos volveré para observar esas vistas un poco góticas y fundamentalmente esclarecedoras de esa forma torcida en la que la poesía nos cuenta, o eso creo.

Presentación-reseña leída en Tipos Infames. Junio de 2012.

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