La calle del aire

Marguerite Duras, en una de sus novelas autobiográficas, o tal vez fuera en un artículo, se quejaba de la falta de higiene de los franceses, y comparaba el pavor galo ante el agua con la presencia cotidiana del líquido elemento en la Indochina de su infancia. No sólo sus hermanos, su madre y ella se bañaban en abundancia, sino que la tierra se inundaba a menudo por las lluvias del monzón. Además, una vez al año la casa de la familia Duras se limpiaba a cubetazos, y el suelo se convertía en una pista para bailar con cepillos atados a los pies. Esta última escena ya no es durasiana. Se la debo a otro gran personaje libre, esta vez de ficción, Pippi Lamstrung, que patinaba sobre el detergente ante la mirada diminuta, quieta, rumorosa, del señor Nilsson. Pippi y Duras, dos seres que parecían caminar por encima del suelo. Duras afirmaba  que el día en que la casa se lavaba como si fuera un cuerpo más, su madre, habitualmente enloquecida y funesta, se reía. El hermano mayor dejaba de ser una amenaza. El hermano pequeño se deshacía del miedo. La niña Duras no tenía que preocuparse de proteger a nadie. La casa se purificaba, sus habitantes se investían de limpieza, el mundo quedaba listo para ser habitado con alegría.

Los elementos se convocan de una forma parecida a como los opuestos se reflejan. El día no puede deshacerse de la noche, y así. La inercia procede por negación, y trae ventura: el agua no es el aire ni la tierra, pero qué gusto conjugar. Se ahogaría el planeta sin diques en forma de continentes, se ahogarían nuestros pulmones sin aire, y de nada les servirían las branquias a los peces. Las fotografías de Cristina García Rodero reflejan nuestra urgencia de acariciar elementos, de resolvernos en lo básico, de ser felices (esa palabra maldita) a través de una libertad sencilla, del vuelo cotidiano. Y qué difícil es algunas veces escapar. El miedo nos cerca, permanecemos atados a las noticias, sabemos que no son tiempos de bonanza. Sin embargo, esa alegría llana, al alcance de cualquiera, actúa en nosotros como un derecho básico de la sangre, derecho del que se han apropiado los anuncios de compresas para comerciar con nuestra necesidad de abluciones espirituales. Pero recordemos siempre que nosotros somos antes que el anuncio, y que la tierra y su región más transparente acatan su propia presencia con pasividad milenaria. Mientras, los anuncios se agitan, nos agotan temporada tras temporada. Vámonos a lo que permanece, a lo que da plenitud.

También es posible la ingravidez sin necesidad de abandonar los asfaltos, sí,  pero entonces otro tipo de vestimenta es requerida. Sale al escenario nuestro yo danzante, ataviado con un maillot, un tutú, tal vez una sábana cubriendo la densidad nimia de la desnudez. La creatividad se nutre de fantasmas, y en el camerino hay una maleta negra con nuestros trajes de siempre, que esperan a que descendamos de una felicidad tibia. Aquí tenemos que darle las gracias a nuestra bendita capacidad para el esfuerzo. Y es que en un séptimo piso, frente a un decorado de antenas y esmog, hay que echarle imaginación. La procesión va por dentro; hay que invocar seres alados, aéreos,  y también ejecutar danzas. Lo más difícil del yoga es savasana,  la postura del muerto, que paradójicamente es la que permite que el cuerpo aproveche los beneficios de la disciplina.  Doy fe: relajarse hasta desfallecer es para nuestra cabeza occidental, que asocia la vida al ruido, al tumulto, al desvarío de pensamientos y a la obsesión, una aporía. Pero si se alcanza esa muerte de mentirijilla, se sale de la clase mejor, con la punta de la lengua llena de unas palabras que la autoayuda ha vuelto mustias y mentirosas. Callémonos entonces, o recurramos a alguna de las imágenes de García Rodero, donde los cuerpos se han vuelto etéreos, se han desligado de todo lo que impide elevarse, y se funden en un paisaje que permite la altura. Un paisaje sin declives.

Exagero porque vivo en Madrid, y en las calles sólo se adivinan toneladas de cemento. Si viviera en, por ejemplo, Sevilla, podría llegarme a la calle del Agua y caminar pegada a la muralla durante la noche, o muy temprano en la mañana; caminar despacio junto a la piedra, escuchando rumores antiguos, humores del cuerpo urbano, tal vez esa canción que cantaban los Pata Negra, y que dice: “Esta es la calle del aire/la calle del remolino, / donde se remolinean / tu corazón con el mío”. También dice la canción: “Yo no entiendo de colores / que es el viento el que me lleva”.

Vuelvo a Duras, quien en Esto es todo afirma: “Estoy en contacto conmigo misma /en una libertad que coincide /conmigo”. Y también: “Me reúno con masas de piedras cuando escribo”. Y más aún: “Todo es vanidad y persecución del viento”. Recuerdo un viaje con mis padres no sé adónde, porque yo era muy pequeña, en el que tuvimos que subir con el coche una montaña interminable. Cuando llegamos a la cima me impresionó aquel aire detenido y  la luz caliza, aire y luz que disolvían el paraje en la nada, en la pura y simple desaparición, que es nuestra ley más sagrada.

Este texto apareció en el número correspondiente al mes de diciembre del año 2012 de la revista Marie Claire acompañando a unas fotografías de Cristina García Rodero.

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Un pensamiento en “La calle del aire

  1. Sabemos que todo es según el luhar en donde naces y pervives lo necesario. En ese intrincado laberinto de espacios y relaciones, actos, desvelos, consecuciones y caídas, crece nuestro ser primitivo adaptándose o superando los condicionantes. Alguien dijo que somos de geografía y espíritu, y de amores que nos construyen y reconstruyen. Sólo al cambiar de aires nos enteramos de todo lo que nos perdimos entonces.

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