Las infantas, Lina Meruane

“Perrault, uf, qué feo nombre”, dice una de las protagonistas del libro que aquí nos ocupa. Sí, en efecto, qué feo suena el nombre de Perrault, y qué tentación de jugar a las hipótesis descabelladas. Tampoco suenan muy bien los hermanos Grimm, con esa eme arrastrándose grimosa,  por lo que podríamos aventurar, por ejemplo, que los insignes cuentistas estaban tan apesadumbrados por sus horrísonos apelativos que inventaban bellos nombres de mujeres-niñas o de niñas-mujeres, como Caperucita,  Blancanieves o Gretel.  Sin embargo, luego no podían soportar la música de esas sílabas, y las echaban a rodar en historias en las que había madrastras y brujas muy viejas que comían humanos. Además, y esto es otra hipótesis tal vez no tan descabellada como la anterior, la belleza tiene que ser castigada, ya que sus efectos son difícilmente controlables y no del todo morales. Encerrémosla pues en cuentos con moraleja, en museos, en críticas del juicio donde nos limitemos a exclamar “¡Esto es bello!” delante de cuadros y jardines sin rastro de sublimes románticos. Hagamos que se sienta en jaque y siempre a punto de menguar, como una actriz de Hollywood que acaba de cumplir los cuarenta. Y todo ello bajo el imperio de lo inteligible, la razón y lo serio. ¿Qué pasaría si un día las heroínas de los cuentos decidieran fugarse de las historias que protagonizan porque estuvieran hartas del precio que pagan por figurar? He aquí el modo en que he leído Las infantas, primer libro de Lina Meruane, que se publicó en Chile en 1998 y que apareció en Argentina el pasado año, en la editorial Eterna Cadencia. En él nos topamos con unas versiones de Gretel,  Blancanieves y  Caperucita llamadas Hildegreta e Hildeblanca, y que aquí son hijas de un rey  del que huyen. Frescas, indolentes, sensuales, sexuales y tal vez también amorales (quién sabe si fue de este modo como las concibieron sus inventores), Hildegreta e Hildeblanca parecen reprotagonizar los cuentos a su antojo, y así el lobo está a los pies de Caperucita, y las viejas a las que les gusta la carne humana son comidas por un séquito de enanos. A pesar de que este resumen argumental lo sugiere, no hay en Las infantas un ejercicio de venganza, ni por tanto plan previo de los personajes o del narrador. Lo que reina, y perdonen que me repita, es el juego, o tal vez una lógica que me recuerda a unas palabras que leí recientemente en una entrevista a Julia Kristeva, y que dicen así: “Mi convicción profunda es que lo femenino y lo maternal tiene toda su originalidad por fuera del poder. Existen otras lógicas, si no más profundas, al menos heterogéneas a la superficie política y policial de la comunicación racional y racionalista. Se trata de lógicas del inconsciente, ritmos y polifonías de la música subyacente a la palabra y a la palabrería: un infrasentido, al igual que hay infrasonidos”. Traigo aquí las palabras de Kristeva no para enredarme con lo femenino, sino porque este libro parece pertenecer a la lógica con la que se lo describe. Hildegreta e Hildeblanca están fuera del poder, es decir a salvo de todos sus efectos,  tanto de los buenos como de los malos. Bien y mal son además categorías que en este contexto no tienen ningún sentido. Las supuestas hermanas carecen de familia, de origen, de hogar y de identidad, y no porque no puedan señalarse, sino porque son confusos. Ellas mismas se encargan, además, de destruir cualquier definición. También carecen de cualquier atisbo humanista, y ello es asumido por el lector como una paradoja en la medida en que éste sí suele decodificar desde lo que el lugar común define como “humano”. Por otra parte, las aventuras de las infantas, donde se despliega un lenguaje más cargado de imágenes y metáforas, aunque sin sacrificar lo narrativo,  se saltean con pequeñas historias en las que el protagonismo no está claro. Dichas historias se presentan despojadas de la gracilidad casi poética del cuento infantil para investirse de un registro más serio, registro que  vincula la narración con cierto realismo. Ya no son personajes de fábula trazando piruetas imposibles quienes se exhiben en paisajes legendarios, sino seres de carne y hueso que pasean sus malas relaciones con el padre,  con la hermana o con sus cuerpos por unos espacios tan despojados que parece que estén siempre en un inmenso loft. El dolor, el miedo, la culpa y la sumisión son algunos de los elementos que vehiculan estas segundas tramas en las que los personajes, al contrario que Hildegreta e Hildeblanca, se entregan a la tragedia. La elipsis reina en las dos líneas argumentales, que pueden leerse como complementarias en la medida en que los temas se repiten, aunque habitando lógicas distintas que no necesariamente tienen por qué confluir. El sentido está aquí tan abierto que se presta a las interpretaciones que al lector se le antojen, y lo único que transpira cada página es una constante rebelión contra lecturas unilaterales. Mirad las capas infinitas de esta cebolla y lo que podemos hacer con ellas, parece decirnos el libro; celebremos este poder desconocido al que tal vez se llegue a través de juegos con los que no nos atrevemos. Gracias, Lina Meruane, por recordárnoslo.

Este texto se leyó en la presentación del libro en Casa de América de Madrid, el 23 de noviembre de 2011.

Talleres

Ya está abierta la matrícula para los talleres que impartiré este año:

 

FUENTETAJA:

– Taller de escritura creativa I (programa aquí). 

– Taller de escritura creativa II (programa aquí).

– Novela corta (programa aquí).

– Tutorías presenciales y online (vía Skype) de proyectos narrativos (novela y cuento; programa aquí).

 

LIBRERÍA TIPOS INFAMES:

– Taller de escritura creativa (información, aquí).

 

HOTEL KAFKA:

– Clases de lectura en el Máster de Escritura Creativa (información, aquí).

Publicado en -

Una casa en ruta

Mi padre tenía una agencia de viajes. Lo que acabo de decir es inexacto; sin embargo, de pequeña creía que la sucursal de Cemo en Valencia pertenecía a mi padre, puesto que era el único que trabajaba en un despacho y daba órdenes fulgurantes, y además entre las ideas que por aquel entonces tenía yo de los quehaceres de un jefe estaban las conversaciones interminables con clientes,  unos ojos entrecerrados que enfocaban un punto imposible de alguna orografía recóndita,  el cigarro manchando el esmalte dental y mis idas y venidas por el suelo resbaloso, que se aceleraban cuando la vacilación y las palabras arrastradas se volvían fugaces: tenía que darme prisa para pedir el dinero de la merienda. Acechaba la siguiente llamada. Por otra parte, me digo ahora, un padre no puede sino ser jefe, y las frases generan obligaciones que hay que respetar. Si, por ejemplo, yo hubiera empezado esta narración con: “Mi padre era el gerente de la sucursal de Viajes Cemo en Valencia”, algo fundamental en la génesis del texto se habría roto, y me resultaría imposible escribir una sola palabra sobre mis vacaciones y los viajes. La expresión inexacta es la semilla, y también la llave, del ritmo con el que magma incierto al que doy el nombre de “recuerdos” se ordena en oraciones.

            Aunque sólo era el gerente, Miguel Navarro se encargaba de los itinerarios de los viajes del Inserso, y se hacía acompañar, cómo no, de su oficio en las presentaciones, lo que nos procuraba a toda la familia hoteles gratis. Si se trataba de un hotel en el que a diario desfilaban señoras de Carcaixent y señores de Benimàmet que decían don Miguel nos daban una suite que no era gran cosa, pues los hoteles donde desaguaban los autobuses de Cemo escatimaban estrellas. Sin embargo, no había queja sobre la limpieza y el servicio. Antes de ser gerente, mi padre había dirigido en Sant Feliu un hotel que tampoco era suyo, y de ahí le venía el ojo para evaluar con sagacidad felina con cuánto clembuterol  mimarían  a sus clientes, y si el chunda chunda del final de la excursión iba a saltearse con las suficientes canciones de Manolo Escobar.

Mi padre siempre recuerda el hotel de Sant Feliu que mi madre le obligó a abandonar en una huida imposible hacia el Sur: primero Ibiza, y luego Alcoi, y más tarde Palos de Moguer (donde nací yo), y La Carlota. En cada traslado dejaba su trabajo y buscaba otro. Había decidido complacer a mi madre, devolverla a su tierra. Cuando ya parecía que sí, que íbamos a quedarnos para siempre en la campiña mirando hacia el Guadalquivir, la empresa de cementos cordobesa para la que hacía de representante quebró.  Miguel Navarro, que dejó en Cataluña lo que él llamaba  “su profesión”, y que siempre iba a decir, cuando le preguntaban, que lo suyo eran los hoteles y que había tenido que abandonar la partida sin que nadie le echara, nadie menos mi madre; digo: Miguel Navarro decidió aceptar la gerencia de Viajes Cemo en Valencia, pues aunque los viajes no eran exactamente lo suyo, se le parecían mucho, y además  estaba harto de dedicarse a trabajos que sólo eran buenos a ojos de su mujer, trabajos que ella le conseguía con su pediatría y sus contactos. Después de seis meses de gritos y de una noche en la que mi madre, tras darme una bofetada, se quedó con uno de mis dientes de leche clavado en la palma de la mano, nos fuimos a Valencia, y durante el viaje mi madre cantaba canciones en contra, y yo la secundaba, porque tenía cinco años y por aquel entonces ella era el amor de mi vida.

Ignoraba  que nos íbamos de allí para siempre, y eso que habíamos pasado el verano en una espera tensa, cercadas por la provisionalidad (mi padre se había marchado antes que nosotras, y los corredores eran cajas que servían para que algún grillo pasara las horas de calor y cantara la oscuridad de las paredes vacías). Mi madre, además, me decía diariamente: puede que la semana que viene ya no estemos aquí, lo que había hecho que la ciudad desconocida se convirtiera en un hogar mucho antes de ser habitada. Le tenía por ello impaciencia a la enorme casa con piscina, que no obstante pensé que iba a acompañarnos, como si fuera posible desplegar antiguos hogares por las nuevas habitaciones. Ya nos habíamos empezado a mover en mitad de aquel estatismo, y sólo había tregua por la noche, cuando mi madre preparaba unos sándwiches en la desmantelada cocina y los llevaba con una bandeja hasta el borde del agua, que estaba mucho más caliente que las baldosas de barro. Sujetas a la barandilla, tras habernos zambullido, comíamos los sándwiches y nos tendíamos en el suelo. Desde allí escuchábamos pasar los coches por la carretera, y jugábamos a adivinar si aquellos breves pero feroces zumbidos que parecían precipitarse sobre la tapia de nuestra casa pertenecían a un coche grande o pequeño, a un camión, a una moto. Esas fueron las únicas vacaciones que pasé a solas con mi madre, despidiéndome sin saberlo de la casa. También fue el único veraneo de mi vida en el que no fui a ningún sitio.

  Con el traslado a Valencia empezaron los viajes. Cuando la mudanza estuvo hecha y llegaron los fines de semana de invierno en los que la alternativa era ver una película en casa, o llevarme a las colchonetas del paseo marítimo (recuerdo la lona fría y húmeda y vacía de niños), el movimiento se convirtió en la tabla de salvación de un matrimonio que no terminaba de encontrar su provincia. Había que marcharse, fingir cada viernes unas vacaciones que nos llevaran lejos, y que duraron años. Si nos las pudimos permitir, fue porque mi padre tenía una agencia de viajes.

Pasábamos más tiempo en la carretera que en los lugares que visitábamos. Y nunca estábamos dos noches seguidas en el mismo hotel. Cuando íbamos a Albarracín, pernoctábamos allí el viernes, dábamos un breve paseo el sábado por la mañana y partíamos para Teruel, donde llegábamos de noche porque nos desviábamos por carreteras secundarias. Parábamos en los pueblos a comer, a tomar café, a ver la plaza, a mirar un río, a asomarnos a cuatro calles solitarias, a hacer una foto, a nada. Mis padres nunca se ponían de acuerdo sobre los desvíos, ni sobre la hora a la que debíamos arribar a nuestro destino. Sobre lo único que había acuerdo era sobre el movimiento perpetuo, como si la sensación de ir hacia algún lugar resolviera algo que a mí se me escapaba,  pero cuyo relieve permanece en mi memoria. Era una sombra que estaba siempre a punto de salirnos al paso en alguna cuneta. El silencio de mis padres rezumaba una tensa expectación, y también una alegría desbordada y enferma, alegría que se recostaba luego con ellos en las camas de embozos abiertos. Ahora pienso que tal vez se trataba de que no tenían nada importante sobre lo que legislar mientras estuvieran en la ruta, y de que además lo verdaderamente importante iba  siempre a desplazarse. Se querían, oh sí, y deseaban estar juntos, pero ya por aquel entonces las renuncias pesaban demasiado. Para hacerles frente lo mejor era  la contemplación de flores raquíticas en campos de barbecho.

En el asiento de atrás yo aprendía a disfrutar de los trayectos. Lo aprendía sin darme cuenta, como todo en la infancia y como siempre pasa con las cosas importantes. Observar el paisaje se convirtió en la cara B de los sándwiches al borde del agua con el sonido de los vehículos que pasaban de fondo, sólo que ahora yo iba montada en uno y estaba al otro lado de todas las tapias.  Lo que más me gustaba era la multiplicación de formas de vida desconocidas y al mismo tiempo imaginadas por mí durante los breves segundos que se perfilaban por mi lado de la ventanilla. Me veía habitando en el tembloroso fulgor de alguna luz nocturna que enseguida quedaba atrás, como una luciérnaga frágil que alguien había arrojado con furia, y que titilaba unos segundos antes de apagarse.  Me proyectaba sobre quebradas secas, en la solitaria quietud de las casetas de aparejos de La Mancha, en alguna habitación de los racimos de chalets que se desperdigaban por montañas de colores calizos, habitación en la que entrarían el frescor de la noche y saltamontes diminutos (y en el techo avanzaría imperceptible la procesionaria, que en los árboles del colegio amenazaba con echar su veneno sobre nuestros ojos y nuestras cabezas para dejarnos ciegas y calvas).

Las calles de las grandes ciudades me daban miedo cuando se hacía oscuro: sin que supiera por qué, la única opción que contemplaba al imaginarme transitando por ellas a esas horas era la de la pérdida. Una pérdida hasta sus últimas consecuencias, pues no sólo yo me habría evaporado, sino que quienes me conocían me darían por tal de una manera irremediable y definitiva, y tampoco cabría la posibilidad de avisar, de decir ante la mirada atenta y compasiva de un policía: “Por favor, llamen a mis familiares, que yo sigo viva”. Esto era así porque, en el momento en que me encontrara en el corazón de esas calles, estas se tornarían laberínticas, y no habría forma de retomar el hilo. Ese miedo, mi miedo primordial, dormía la mayor parte del tiempo en algún lugar del coche, muy cerca de mis piernas, y las acariciaba cuando la tarde había borrado sus matices. La prueba de que se podía desencadenar el fatal acontecimiento al menor despiste eran los llamados que por aquel entonces hacían las autoridades para que los padres cerraran bien las puertas. La televisión había empezado a emitir los primeros anuncios realistas con el fin de convencer a una población acostumbrada a meter a toda la parentela en un mini que iba a 80, y con alguna puerta sujeta con cuerdas, de que ciertas catástrofes podían evitarse. Recuerdo el anuncio en el que una niña rubia se entusiasmaba con una vaca gascona; la niña abría la puerta del coche para ir al encuentro del animal, y en la siguiente imagen ya no era más que un amasijo de cabellos rubios contra el asfalto (aunque sin sangre, pues todavía se velaba por que las pesadillas fueran llevaderas y elegantes). La niña rubia me esperaba cuando en la carretera sólo se veían las rayas, y era igualita al fantasma de la curva. Todo se adensaba  porque tal vez este miedo mío se mezclaba con el de mis padres, que también parecía acudir al final del día,  cuando la exasperación se hacía un hueco. Lo que había sido revelador y placentero se convertía en algo viscoso, hondo y maloliente, y de súbito todos nos dejábamos minar por el desánimo y por una ruindad rencorosa: ya no íbamos a darnos a nosotros mismos lo que habíamos pensado merecer, y tampoco se lo regalaríamos a los demás. Era por eso que, en el hotel, no se me ocurría pasar de mi cama supletoria a la de mis padres, pues sabía que una fuerza que no estaba a su alcance detener me expulsaría. Tenía que aguantarme  con mi miedo y las colchas remetidas con aspereza, y además enseguida amanecía,   el aire entraba por la ventana y nosotros nos poníamos en marcha.

Cuando llegaban las vacaciones de verdad yo dejaba de viajar con ellos. Me quedaba al cuidado de mi abuela en un pueblo del norte de Córdoba, fronterizo con Extremadura y Castilla-La Mancha. Ellos se iban a París,  a Ginebra, a Montpellier, y a la vuelta traían fotos en las que posaban ante escaparates caros o como espectadores de partidas de ajedrez con piezas gigantes en plena calle. No había ni rastro del coche, ni de los trayectos, a pesar de que recorrían Europa al volante. Ignoro si fuera de España los hoteles también les salían gratis, aunque supongo que no, pues los del Imserso no se iban tan lejos. Miraba  sus fotografías con desapego, sin sentir ni una pizca de envidia por los jardines versallescos, ni por el Coliseo romano. Me costaba encontrarme en la rígida claridad de los monumentos, y además me bastaba mi bici, y también mis tardes en la piscina pública y el metal oxidado de las sillas del cine de verano. Más adelante, a los doce años, comencé a observarlos con desdén, con ese desdén de la preadolescencia chillona, engreída y destinada a convertirse en una atalaya. A los trece, a los catorce, a los quince, lo único crucial para mí iba a ser esa capa suave y brillante de humo que cubría con amabilidad los bares, así como las discotecas de luces violetas, con sillones de un material acharolado y  pantallas gigantes emitiendo vídeos musicales. Importaban de repente mucho las fiestas patronales, plagadas de esperanzas y nervios, y luego el fin de fiesta, cuando ya quedábamos en el pueblo sólo los que pasábamos allí los tres meses de verano. Se abría paso una espera más libre que la de los días de feria, pues de la feria lo había esperado todo, y aunque sólo había conseguido una borrachera casi permanente, ahora tenía la sensación de poseer por vez primera algo definitivo, que nadie podría arrebatarme, y que me permitía seguir al acecho con la dosis justa de desesperación. Durante los primeros días de septiembre, ya en Valencia, conservaría la fuerza del verano y la creencia en que jamás nunca nada iba a volver a ser como antes, hasta que las jornadas se posaban de nuevo sobre postes avarientos, y entonces no lograba explicarme qué había sido del poderío estival. Incluso dudaba de que existiera. Miguel Navarro y Pepita Ponferrada seguían marchándose los fines de semana, aunque no con tanta alegría. A mi padre lo habían echado de la agencia que nunca fue suya, y resultaba difícil que los hoteles continuaran ofertando gratuitamente sus servicios. Por otra parte, mi madre ya no estaba tan a disgusto en la ciudad, y si seguían escapándose los fines de semana era por  la costumbre. Me miraban con ojos culpables cuando me preguntaban: “¿Quieres venirte este viernes con nosotros?”, pues temían un sí por respuesta. No lo temían porque no quisieran llevarme con ellos, sino porque no había tanto dinero, y no era moco de pavo ahorrarse la cama supletoria y las comidas. Me hubiese de todas formas bastado con vacilar para que me llevaran, aunque eso supusiera pasar el fin de semana a base de bocadillos de tortilla y sándwiches mixtos en cafeterías donde ni siquiera había menú, sino platos combinados. Desde luego no era ninguna tragedia, aunque supongo que para ellos no resultaba fácil mostrar esa pequeña caída de una clase media que se había soñado alta a otra que no era baja porque a casa entraba el sueldo de funcionaria de mi madre. Yo disimulaba. Me dolía su sufrimiento por no poder ofrecerme una buena cantidad de kilómetros con entrecotes y lubinas salvajes amenizando las horas, aunque por otra parte me tranquilizaba que mi negativa fuera acogida con alivio. No deseaba acompañarles a pesar de que me gustaban los trayectos, de que incluso por momentos los necesitaba, pues no había encontrado nada que pudiera sustituirlos. Pero ya no podía obviarme ni obviarlos a ellos, y menos aún creer que la larga cadena de desencuentros en la que nos sumergíamos iba a tener un final en el que todo habría de comprenderse: los viajes, las huidas, los miedos y la pequeña injusticia del tiempo. Reconciliar es sumergirse en la nada.

Este texto se publicó originalmente en la revista Letras Libres. Agosto de 2011.

Submáquina, Esther García Llovet

Esther García Llovet (Málaga, 1963) publicó en 2009 Submáquina, espléndido libro que cifra parte de su potencial en el extrañamiento. Ignoro si éste es deliberado, aunque la ausencia de efectismo en el uso del mismo hace pensar que se trata más bien de que la obra exigía una coherencia dentro de un despiece aparentemente desordenado para constituirse como tal. Submáquina narra varios episodios de la vida de Tiffani Figueora, ex policía que ahora trabaja por cuenta propia. Dichos episodios pueden leerse, y además funcionan de maravilla, como cuentos, aunque el libro gana por el eco que unas piezas ejercen sobre las otras. A pesar de que hay mucha acción, la atmósfera y el intersticio priman, y se despliega un paisaje moral que también es físico. El libro traza un caos inevitable, fruto de su ordenación y de las elipsis, y un contenido que, sin hacer especiales acrobacias, resulta no obstante raro en su conjunto. La escritura es limpia, rápida, con algún fogonazo lírico que no llama la atención porque lo que está en primer plano es lo que se cuenta. El narrador, distante, se resiste a la subjetivización y a las conclusiones. Desde el punto de vista temático, resulta difícil decir de qué trata Submáquina. No hay aquí ningún Gran Tema, sino una alternancia de motivos que, aun cuando son muy concretos, dibujan un argumento abstracto. En teoría ello posiciona a estas 152 páginas, que se leen a una velocidad de vértigo, en el supuesto lugar de lo puramente literario; sin embargo, tal lugar implica una voluntad de planificación de la que García Llovet parece prescindir, al menos por la libertad compositiva que rezuma el libro, libertad que no desdeña el azar: Marguerite Duras decía en Escribir que parte de la bondad de una obra radicaba en los errores que se tornaban aciertos. Digo que no hay ningún Gran Tema, pero si a la autora se le hubiera antojado podría haberlo habido. Porque lo que sí hay es autonomía.

Esta reseña se publicó originalmente en la Revista 33o ml. La fotografía es de Asís G. Ayerbe.

Una historia sencilla, Luis Velasco Blake

Según los neurólogos, la intuición no tiene nada de mágica. Ese pálpito fugaz y poderoso no es más que un cerebro que ya se sabe el camino, y que por tanto no necesita que todos los pasos afloren a la conciencia, lo que explicaría el porcentaje de aciertos. Hago esta aclaración previa porque, para hablarles de Una historia sencilla, voy a empezar con ese concepto altamente problemático que es la intuición, y que me servirá para seguir con otros no menos difíciles de fijar como categorías válidas a la hora de hacer una crítica, a saber: lo necesario y la autenticidad. Digo que son difíciles, y añado que en su dificultad reside su relación con la bondad de cualquier producto artístico, bondad que, como todos sabemos, está siempre puesta en tela de juicio porque en este campo no hay axiomas y sí, en cambio, paradigmas, es decir, ideologías: ahí es donde entran en juego estos conceptos. Sobre la intuición, aprovecharé la anécdota que consigné hace unos cuantos días en una crónica sobre la Feria del Libro de Madrid. Se trataba de una anécdota a propósito de una obra de Joan Didion, El año del pensamiento mágico, título que leí —o más bien observé— una, dos, tres, cuatro veces, pues tenía algo extraño; desde luego, una similitud con cualquier volumen de autoayuda que su presencia en un estante de literatura desmentía, aunque sobre todo, y tal como escribí en la mencionada crónica, lo que el título rezumaba era “algo inevitable, ese latido que está por encima del gusto, o sea, de la moda y del miedo, y que se impone”. Lo que posteriormente averigüé sobre el libro de Didion no hizo sino confirmar la explicación que los neurólogos dan a la intuición y a su alto porcentaje de aciertos (explicación que, por cierto, es una oda al aprendizaje): en efecto, la autora no había tenido elección a la hora de escoger el título, pues tras la muerte de su marido y de su hija se pasó un año convencida de que aquella desgracia había acontecido bajo una causalidad que, para ser tal, había que calificar como “mágica”.
Creo que lo anterior me vale para justificar mi creencia en que los libros que se escriben por necesidad y al dictado de su propia ley suelen albergar una potencia mayor que los que han sido diseñados por el autor para demostrar, o demostrarse, tal o cual cosa. Esto es así porque la obra que genera su propia norma está más al resguardo de las pretensiones de quien la escribe, de sus miedos y sus servidumbres, que la que es minuciosamente pensada. La pulsión creadora es libre, y esa libertad la torna corrosiva y capaz de ir en contra del limitado software mental del propio autor.
Luis Velasco Blake presentó el proyecto para escribir Una historia sencilla en el taller de nouvelle que imparto en Fuentetaja, y al poco nos trajo algo más de la mitad del libro; a ninguna de las trece personas que leímos aquel primer manuscrito nos cupo la menor duda de que Velasco Blake era un escritor hecho y derecho al que tal vez la vida (aún no lo conocíamos mucho) o la falta de confianza en sí mismo le habían impedido tener ya varias obras publicadas; también supimos que el pulso de la novela no admitía objeciones, lo que quiere decir que no las teníamos. Una historia sencilla narra las peripecias de una familia argentina de la segunda mitad del siglo XX a la que las convulsiones políticas, y alguna que otra personal, acaban por deshilachar. Nos aclaró Luis Velasco que esa familia no es la suya, si bien, por la cercanía personal con los acontecimientos que toca, podría haberlo sido. El libro se presenta como una paradójica novela de iniciación, y digo paradójica en la medida en que, si bien se cuenta un dramático destete, quien narra ya está de vuelta de todo y se dedica a hacer balance no con cinismo o descreimiento, sino desde una inocencia que pretende entender y pasar página. No hay aquí esperanza de sacarle réditos a la acusación, o lo que es lo mismo: no hay resentimiento. Los escasos juicios terminantes caen con humor o con sobrada justicia. Eso no es meritorio per se, sino en la medida en que lo fácil, por lo dramático de las circunstancias, habría sido echar hiel. En este sentido, lo que Una historia sencilla despliega es una mirada cervantina, que aspira a una comprensión de los motivos que llevan a los personajes a actuar de una manera u otra. Y aunque los protagonistas, casi todos militantes de distintos grupos de izquierda, nos muestran un fracaso no ya sólo personal, sino colectivo, se mantiene la fe en que no todo está perdido. Por otra parte, tanto la pulsión de comprender como el lenguaje y la sintaxis (un lenguaje y una sintaxis cercanos a la oralidad, de timbre cómplice, amable e incluso cómico) hacen pensar en la filiación del autor con Alfredo Bryce Echenique. Velasco Blake exhibe además un gran dominio del pulso narrativo, y ojo, aunque el tema de la novela es político, que no se asusten quienes piensan que la literatura no debe tematizar demasiadas ideas ni cargar las tintas en los mensajes “fuertes”, pues no hay tal cosa en Una historia sencilla. El título, por cierto, es harto elocuente: en la vida, y en la novela de Velasco, las catástrofes acontecen con (y en mitad de) la mayor sencillez.
Cualquiera que lea esta novela se percatará de que ninguno de los resbaladizos pero ineludibles condicionantes de los que hablábamos al principio (intuición, necesidad y autenticidad) faltan en ella. Luis Velasco Blake obedeció a su intuición, es decir, a la historia que pedía paso, ateniéndose a lo que le era estrictamente necesario para llegar a buen puerto, y olvidándose, como todo buen escritor, de cuanto le resultaba ajeno. Por ello, en el libro palpita esa extraña honestidad que captamos de manera inmediata y que nos lleva a asentir desde el convencimiento.
Este texto se leyó en la presentación de la novela. Pabellón del Círculo de Lectores, Feria del Libro de Madrid, 11/06/2011.

El tipo de entrevista que nunca le hacen a un hombre

 

NY

El próximo jueves 10 de febrero a las 18.15 h tendrá lugar en el King Juan Carlos Center de Nueva York la mesa redonda “Cuando sea grande publicaré en Granta: A Spanish Writing Round Table”, en la que participarán varios de los autores incluidos en el número especial de “Los mejores narradores jóvenes en español” de Granta: Andrés Barba, Federico Falco, Rodrigo Hasbún, Carlos Labbé, Javier Montes,  Carlos Yushimito del Valle y Elvira Navarro.

La mesa redonda estará moderada por los escritores Antonio Muñoz Molina y Lina Meruane. El editor John Freeman se encargará de la presentación.

El viernes 11 de febrero a las 16 h se celebrará un encuentro con jóvenes escritoras españolas sobre la experiencia del primer libro en el  NYU Creative Writing in Spanish Program (Universidad de Nueva York, sala 102).

Participarán Elena Medel, Nere Basabe y Elvira Navarro, y moderará Mar Gómez Glez.